DON OSCAR Y LA MODERACIÓN

Wilde dijo eso de que hay que ser moderado en todo, incluso en la moderación. Ante el imperativo de ser realistas, por ejemplo, la moderación deja de ser una virtud evidente. En estos últimos meses, en distintos contextos la palabra moderación se ha usado mucho: que el programa del entonces candidato Boric se “moderó” entre la primera y segunda vuelta; que una vez que ganó la elección presidencial ha tenido una actitud “moderada”; que el nombramiento de Mario Marcel en el Ministerio de Hacienda refleja en parte esta “moderación”. Y tratándose de la Convención Constitucional, la promesa de una moderación que llegará surge cada vez que se conocen textos aprobados en las comisiones y se promete que serán “moderados” por el Pleno.

Una palabra que se escucha menos es “realismo”. El escenario en el cual asume el gobierno es complejo, en lo económico, social y político. Complejo, claro está, salvo para los que hablan casi con entusiasmo del “decrecimiento” o se muestran dispuestos a abrazarlo gustosos como un simple precio a pagar para instalar un nuevo sistema político y económico. Quienes repiten la consigna de que “seremos más pobres, pero más felices”, ¿tendrán en mente a esa casi mitad de los hogares de Chile cuyo ingreso mensual (prepandemia) era inferior a $500.000?

La realidad es que el dinamismo de nuestra economía durante el año pasado, creciendo a casi un 12%, claramente no es sostenible en el tiempo. El fuerte impulso de la demanda interna, producto de los sucesivos retiros desde los fondos de pensiones, sumados a los programas de apoyo del gobierno, que en su totalidad implicaron inyectar más de US$75.000 millones a nuestra economía, explican gran parte de ese dinamismo. Y la señal de advertencia está a la vista de todos los que quieran ver la realidad:  el empleo no se ha recuperado. Si bien la economía en su conjunto al mes de enero creció un 6% en relación a igual mes del 2020 (pre pandemia), el empleo sigue 400.000 puestos de trabajo por debajo. Incluso en el sector comercio que presenta un crecimiento de un 17% en relación a dos años atrás, el empleo sigue un 4% por debajo.

Y no se puede ignorar que a esa dura realidad de 400.000 puestos de trabajo destruidos durante la pandemia y no recuperados hay que sumarles los puestos de trabajo que se dejaron de crear durante la pandemia y desde finales del 2019 producto del estallido violento.  En efecto, hoy nuestra economía es un 5% más pequeña de lo que se proyectaba que iba a ser hoy en septiembre del 2019. En términos de empleo, la brecha estimada es de 1.000.000 de puestos de trabajo.

Esa realidad se proyecta también a las remuneraciones, que en términos reales se encuentran más bien estancadas. En relación a dos años atrás, su crecimiento ha sido prácticamente nulo. Aunque resulta prematuro hablar de cambios estructurales en el mercado del trabajo, cabe preguntarnos si, una vez superada la pandemia, no subsistirán ajustes permanentes, por ejemplo por mayor automatización de los procesos productivos, que afecten la demanda por trabajo dado un determinado nivel de actividad.

Y es también realidad que la sensación de estancamiento y frustración del sueño del progreso personal y familiar, se refleja no solo en las consecuencias sociales, sino que también en efectos políticos.

Para este año los más optimistas estiman un crecimiento de nuestra economía cercana al 2%, y no son pocos los que ya están hablando de contracción. Para el próximo año el escenario se ve aún más complejo. Por ello es que ya no bastarán los emotivos discursos cargados de símbolos ni las buenas intenciones y promesas con que se llegó al gobierno. La necesidad de certezas, la consolidación en los hechos de la “moderación” prometida en los gestos, certezas frente a la violencia, en el respeto al estado de derecho, a las reglas del juego que hacen posible la inversión y la creación de los puestos de trabajo que los chilenos necesitan, se levanta como un imperativo político.  Y nada estaría más alejado de dicho imperativo ético y político, y nada frustraría más decisivamente cualquier posibilidad de éxito del nuevo Gobierno, que la amenaza de que la futura Constitución fuese un enjambre legal anti-desarrollo.

Le deseamos éxito al Presidente Boric.

Columna de Bettina Horst, Directora Ejecutiva de Libertad y Desarrollo, en El Mercurio.-