La reforma a la distribución necesita preguntas, no solo respuestas

Ex-Ante

La reforma al segmento de distribución eléctrica es, probablemente, la mÔs esperada del sector energético. Es también la que genera mÔs consenso en cuanto a su necesidad y mÔs diferencias en cuanto a su contenido. Se busca reformar la remuneración de las distribuidoras, incorporar recursos energéticos distribuidos y abordar la calidad de servicio: en definitiva, cómo percibe el usuario el servicio que recibe.

En 2020, el gobierno del entonces presidente, SebastiĆ”n PiƱera, presentó un proyecto de ley que buscaba desintegrar el negocio de la distribución, separando la administración de redes de la venta de energĆ­a. Bajo el nombre de ā€œportabilidad elĆ©ctricaā€, la iniciativa pretendĆ­a permitir a los usuarios cambiar de comercializador, manteniendo la infraestructura en manos de las distribuidoras.

El proyecto no prosperó: su implementación chocaba con el complejo entramado de contratos de suministro a clientes regulados y, junto con el cambio de prioridades impuesto por la pandemia, quedó definitivamente sin tramitar.

La experiencia de la portabilidad elƩctrica deja tres lecciones que conviene atender antes de emprender una nueva reforma.

La primera es que el problema de política pública debe estar claramente definido. Reformar el marco legal porque estÔ vigente desde 1982, o porque existe una discusión legítima sobre los efectos del esquema de empresa modelo, no constituye por sí solo una justificación suficiente para una reforma global.

Muchas de las propuestas de reforma provenĆ­an de estudios conceptuales con aƱos de elaboración, pero la definición de un problema de polĆ­tica pĆŗblica –o de un conjunto de ellos– requiere una mirada centrada en problemas reales, no teóricos. Lo importante, entonces, es entender el por quĆ© de la reforma y cómo esa razón atiende a uno o mĆ”s problemas concretos que permitan abordarlos con soluciones pertinentes y que hagan sentido a los clientes finales.

Precisamente porque importa el sentido que haga a los clientes, lo segundo es que la heterogeneidad territorial importa. La desintegración de la distribución –una idea interesante para abrir nuevos mercados y proveer nuevos servicios– tiene sentido allĆ­ donde la infraestructura no es problemĆ”tica: en zonas rurales, con altos indicadores SAIDI, el beneficio de una polĆ­tica de esa naturaleza es marginal.

Para ponerlo en cifras: desintegrar el negocio puede hacer sentido en Vitacura, con 10 horas anuales promedio de interrupción, pero difícilmente en Tirúa, con 115. Donde la red falla, el problema no es quién vende la energía, sino quién y cómo se invierte en la infraestructura que la transporta.

La tercera es la complejidad. La regulación de la distribución elĆ©ctrica requiere administrar mĆŗltiples fallas de mercado. Una reforma integral debe abordarlas de manera coordinada, lo cual exige un diseƱo regulatorio muy complejo. Generar una gran reforma –la anhelada ley larga– es de suyo difĆ­cil y su trĆ”mite legislativo, un camino quizĆ”s aĆŗn mĆ”s largo que la misma ley. Casos equivalentes, como el de la ley de televisión digital, son paradigmĆ”ticos: cuando logró publicarse, el cambio tecnológico ya la habĆ­a dejado obsoleta.

¿Es la reforma a la distribución un imposible? Ciertamente no, pero requiere un enfoque distinto. Según datos de la IX Encuesta de Presupuestos Familiares, son las familias de la zona centro-sur las que mÔs gastan en energéticos en relación con su presupuesto familiar, y son esas mismas familias las que habitan las comunas con mayor índice de horas de interrupción.

Hay aquí una coincidencia que debería orientar el debate: quienes mÔs recursos destinan de su presupuesto al consumo de energéticos, proporcionalmente, son quienes padecen la mayor cantidad de horas de interrupción eléctrica. Una posible conclusión es que ese mayor gasto ocurre porque es difícil privilegiar la calefacción eléctrica si no tengo certeza del suministro y, en consecuencia, se privilegia el uso de energéticos menos eficientes y mÔs contaminantes como la leña, generalmente húmeda.

Entonces, una reforma a la distribución eléctrica debería comenzar por volver sobre preguntas: ¿cómo podemos emparejar la cancha en materia de calidad de servicio? ¿Cómo podemos avanzar hacia un sistema en que el regulador pueda considerar adecuadamente los problemas de política pública y plantear soluciones pertinentes?

La respuesta no pasa por abandonar la empresa modelo –tronco de nuestro modelo regulatorio– ni por rediseƱar la estructura del mercado, sino por entender que la empresa modelo es, ante todo, un instrumento de polĆ­tica pĆŗblica, y que, como tal, sus resultados dependen de los objetivos que se le asignen y de los parĆ”metros que se le fijen.

Si esos parÔmetros no recogen la heterogeneidad territorial, los costos reales de operar en zonas de baja densidad ni los objetivos que la regulación debiera perseguir, el resultado serÔ inevitablemente insuficiente. Mientras la discusión siga centrada en el instrumento y no en lo que queremos lograr con él, la diferencia entre Vitacura y Tirúa seguirÔ reproduciéndose, con independencia de cuÔntas reformas estructurales se emprendan.

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