Australia, pero sin australianos

Alguna vez escuche algo contraintuitivo: obviamente debe ser difícil enfrentar una conspiración de verdad -múltiples voluntades coordinadas y silenciosamente alineadas-. Pero aquello al menos puede dejar huellas o quedar al descubierto porque alguien habla de más. En cambio ¿cómo se responde a un ataque simultáneo que viene desde bandos, costados, intereses, temores y agendas no solo diversas, no solo no coordinadas, sino que incluso divergentes, contradictorias y hostiles entre sí?

La amenaza que se cierne sobre el futuro de nuestro sistema de pensiones tiene esas características.

Mientras unos proponen retiros para financiar otros gastos y necesidades urgentes, otros los apoyan simplemente porque quieren desangrar un sistema que no les acomoda ideológicamente. Mientras muchos apoyan los retiros no para gastarlos sino, todo lo contrario, para cuidar sus ahorros y mantenerlos a salvo de un manotazo que sienten inminente, otros se oponen justamente porque les interesa que quede algo disponible para cuando se pueda dar el manotazo. A estos últimos hay algunos que, con el tono del que le dice a otro “madura y sé práctico”, les hacen ver que un sistema de reparto será como un manotazo renovable, reciclable, y que lo que importa es que se acabe este sistema.

Lo que le pasa al futuro de nuestras pensiones es obviamente peor que una conspiración y es lo que le pasa a cualquier realidad o institución que termina envuelta y revolcada en una espiral de demagogia y populismo. Dentro de esa espiral 2+2 no es 4, es “desconexión”.

Llámelo realidad o desconexión, pero ocho de cada 10 posibles beneficiados con el próximo retiro son personas que NO han perdido su trabajo en los últimos dos años. Llámelo realidad o desconexión, pero casi la totalidad de los afiliados ha realizado retiros, lo que ha llevado a que a la fecha se hayan retirado del orden de US$ 50.000 millones, un 25% de los fondos acumulados hasta Junio del año pasado.

La jibarización de los ahorros para el pago de futuras pensiones es contradictoria con una de las pocas cosas respecto de las que había un consenso transversal a esa fecha: la necesidad de ahorrar más hoy para el pago de las pensiones en un mañana que es obviamente cada vez más largo para la mayoría de las personas. No es casualidad ni desconexión que todos los sistemas de pensiones del mundo han ido evolucionando en esa dirección, ni que todos los programas de gobierno para las próximas elecciones presidenciales hablen de un sistema de pensiones con un componente importante de ahorro. Ello no sólo porque la gente vive más sino porque la población activa disminuye en proporción a la pasiva –lo que con matemáticas de 4to básico permite anticipar el destino, o mejor dicho la falta de destino de la lógica del “reparto”-. Los datos son duros: Chile pasará de una tasa de 10 personas activas por inactivas a comienzos de los 90´ a una tasa estimada en 2,4 para el año 2050.

Pero en el ambiente actual estas realidades tienen la mala fortuna de tener el apellido de “técnicas”. Para muchos eso es suficiente para ignorarlas. Ya sabemos que la motivación de quienes siguen promoviendo desde el Congreso estos retiros no es hacer frente a la caída de los ingresos de las personas durante esta pandemia y por eso piden expresamente que sean universales. La lógica política es implacable: ganar votos hoy “regalándole” a la gente su propia plata, total podemos obligarlos mañana a ahorrar mucho más, con el “pseudo-detallito” de que en realidad ese pseudo-ahorro no va a ir a una cuenta personal.

Pero acá no estamos para actuar sobre realidades técnicas, como en Australia, que sólo permite retiros a aquellos que efectivamente han tenido una caída en sus ingresos. Acá la idea es ser Australia sin tener que hacer lo que hacen los australianos.

En este ambiente es difícil contradecir a quienes ven un peligro inminente de nacionalización de los fondos acumulados, y en consecuencia prefieren poner a resguardo el esfuerzo de años de ahorro, recurriendo a un mecanismo que ven como una prueba más de lo que se viene. La promesa política de que, a pesar de su nacionalización, se respetará la propiedad de los fondos, de que el hecho de que se gasten antes no debiera preocuparles porque contarán con un “vale por” con garantía política, carece de peso y credibilidad. 

No advertir que el supuesto debate sobre “pensiones” hoy ya no es tal, sino una realidad más absorbida por la lógica de la demagogia y populismo, es desconexión.

 

Columna de Bettina Horst, Directora Ejecutiva, publicada en El Mercurio.-