2021, el riesgo de los “ofertones”

Qué duda cabe que el 2021 será el año que probablemente defina los próximos 20 o 30.  Ello tanto por la importancia en lo político como en lo económico. En lo político, porque en forma inédita elegiremos en un solo año el 99% de nuestras autoridades políticas: Presidente de la República, la totalidad de nuestra Cámara de Diputados, la mitad del Senado, la totalidad de alcaldes, concejales municipales, gobernadores y consejeros regionales. A ello se debe sumar la elección de los integrantes de la Convención Constituyente. Así, el 11 de enero se inician 342 días de ininterrumpida campaña electoral que concluye el 19 de diciembre, con la segunda vuelta presidencial. Si bien este año no tendremos un nuevo texto constitucional, si debiera quedar definido el reglamento de operación de la Convención Constituyente, lo que sin duda será determinante para el resultado de su redacción. Así, en lo político al menos, podemos decir que es el año cero.

Si bien en lo económico no se partirá de cero, si será determinante en cuanto a las políticas que se implementen a futuro. A pesar de que aún se mantiene la incertidumbre en cuanto a la evolución de la pandemia y del proceso de vacunación, este año será más bien de reactivación que de recesión. Se estima que la reactivación llevará a nuestra economía a niveles similares a los previos a la llegada del Covid-19, pero con un rezago en la reactivación del empleo y en el ingreso de los hogares. Entonces, si bien este año debiera ser mejor que el pasado, seguirá siendo peor al pre-pandemia.

En este contexto, pasar del estado asistencialista del 2020 a uno reactivador para el 2021 es el principal desafío. Y cuando ello debe realizarse durante un inusualmente extendido período electoral, el desafío es aún mayor. Si ya en el pasado nos hemos acostumbrado a los “ofertones” electorales durante los períodos de campaña, este año será un continuo.

No hay que ser muy creativo para anticipar que desde los distintos sectores se ofrecerá una mejor calidad de vida, más oportunidades, menor desigualdad (ya sea de trato y/o económica), más y mejores empleos, mejores pensiones, mejor salud, mejor educación, menos delincuencia, por mencionar los más recurrentes. El objetivo por alcanzar generalmente es el mismo y cuando la meta es compartida por todos, hay que poner atención en cuales son los instrumentos, las herramientas, las acciones, los caminos que se proponen para alcanzarlos.

En lo inmediato y desde la política siempre será más fácil prometer subsidios y transferencias. Prometer la asistencia del Estado. Pero pasadas las elecciones, cumplir con lo prometido se complejiza cuando resulta no ser sostenible en el mediano plazo por la falta de recursos fiscales y cuando la economía deja de generar empleo y deja de ser una fuente de creación de riqueza.

Es imposible olvidar que no es coincidencia que el malestar expresado en las manifestaciones pacíficas posteriores al estallido de violencia de octubre de 2019 se haya dado luego de los cinco años de menor crecimiento económico de las últimas tres décadas.  Si bien no todo se puede reducir solamente a la dimensión económica, sin duda que es un factor determinante. Por ello, una vez que la pandemia comience a dar tregua, necesariamente debemos retomar los desafíos previos a la crisis sanitaria y al 18-O. Esto es, recuperar nuestra capacidad de crecimiento económico. Ello no es incompatible con otras reformas que se deben impulsar, como por ejemplo, la modernización del Estado, descentralización, reforma en pensiones, salud, por mencionar solo algunas. Pero incluso si somos exitosos en esas reformas, pero no logramos recuperar nuestra capacidad de crecimiento y de generación de empleo, se mantendrá buena parte del malestar.

Lamentablemente este será de los temas menos recurrentes en el concierto de los “ofertones” electorales que están por venir, pero sin duda el más importante para construir los próximos 30 años.

 

Columna de Bettina Horst, Directora de Políticas Públicas, publicada en Pulso.-