¿Fin del capitalismo?

Las crisis, sobre todo aquellas de carácter sanitario que nos acercan a la inminencia de la muerte, provocan un grado de incertidumbre anteriormente desconocido y un miedo cerval a lo imprevisible. Antiguamente, ello resucitaba los sentimientos religiosos, se atribuían las enfermedades a la ira de Dios por la maldad del hombre y se buscaba la sanación por medio de los sacrificios y las mortificaciones. En el mundo secularizado actual, ya no pensamos que la enfermedad sea un acto de Dios, pero también se impone una suerte de lógica religiosa que busca una nueva forma de redención, también secular, que augura el fin de una civilización y la aurora de otra. Es así que surgen los profetas que nos hablan de un nuevo "hombre nuevo" pospandemia, solidario, generoso, comunitario y bondadoso que se expresará, añaden algunos filósofos, en un cambio radical que pondrá fin al capitalismo global. El más categórico en este sentido ha sido el esloveno Zizek, marxista, inspirador de la nueva izquierda, quien pronostica que la disyuntiva que enfrenta la humanidad es una entre la "barbarie" y el "comunismo renovado".

La verdad es que desde sus albores el capitalismo ha sido amenazado reiteradamente con su extinción, solo para sobrevivir, mutar y adaptarse a las circunstancias cambiantes, a las transformaciones culturales, a los nuevos conocimientos y a las innovaciones tecnológicas porque, tal como escribió Adam Smith, "la vida económica no puede ser comprendida separada de las costumbres, la moral y los hábitos de la sociedad en que transcurre".

Ahora bien, el concepto "capitalismo" se expresa en una variedad de modelos de características diferentes: el capitalismo globalizado de hoy no es el mismo del británico del siglo XIX, no es exactamente igual en Estados Unidos que en Europa, y menos aún en China, Singapur o Corea del Sur. Tampoco son iguales las participaciones relativas del Estado y del sector privado, la cantidad de regulaciones o ausencia de ellas, el grado de competencia que generan las distintas políticas públicas o las cargas tributarias exigibles. En fin, la política económica de gobiernos capitalistas conservadores no es igual a la de gobiernos igualmente capitalistas, pero socialdemócratas. En suma, el sistema capitalista que rige prácticamente en todo el planeta, desde Beijing a Nueva York, exhibe facetas muy disímiles entre sí, pero que no alteran sus elementos esenciales.

Los beneficios que el capitalismo ha traído consigo en términos de libertad personal y prosperidad general son incuestionables y el crecimiento, liderado por las economías de mercado en los últimos 50 años, ha sacado a más pobres de la inopia, especialmente en China, India y Latinoamérica, que en toda la historia anterior; ha permitido los avances tecnológicos y científicos, y la liberación del tiempo antes destinado a la mera supervivencia; ha aliviado a las mujeres de las tareas más arduas, mejorado las comunicaciones, ampliado las opciones de vida de todos y más que duplicado los años de vida. Eso no obsta a que, como todos los sistemas son imperfectos, ello también haya provocado costos en términos de pérdida de pertenencias comunitarias o deterioro del medio ambiente.

Lo más probable es que tras la pandemia covid no veamos un cambio estructural, porque los efectos de las pandemias, incluso de aquellas infinitamente más letales que la actual, como la gripe española, han sido en general más bien de corto plazo que de largo aliento, sino que asistamos solo a una aceleración de los cambios que ya estaban incubados: nuevos enfoques medioambientales y mayor velocidad en el desarrollo de la cuarta revolución industrial y tecnológica. Lo que sí es cierto es que, para aliviar la pobreza y privaciones de la recesión, el crecimiento una vez más deberá ser prioridad.

 

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-