GAVIOTA DE ORO PARA LA POLÍTICA

De un tiempo a esta parte, la política actúa para la galería. El Congreso se ha transformado en un penoso escenario al que muchos políticos concurren a ejecutar su performance en la búsqueda del aplauso fácil y del rédito de corto plazo. Salvo honrosas excepciones tanto de izquierda como de derecha que enaltecen la labor parlamentaria y enriquecen la democracia, últimamente la sensación con la que nos quedamos los ciudadanos es que más que buscar el bien común o al menos el de sus votantes -que los eligieron para representar determinadas ideas (de eso se trata la democracia representativa), muchos parlamentarios se deben hoy a las audiencias vociferantes, que de manera estridente e histérica, y a ratos actuando de forma similar a una barra brava, les dictan qué es lo políticamente correcto y lo que no, y ellos acatan. Así, los parlamentarios se deben al monstruo, al aplausómetro y arrancan de la pifiadera de quienes hoy, desde la superioridad moral, imponen sus términos. Quieren la gaviota. La de plata no basta, van por la de oro. 

Los políticos se confunden. Creen que su objetivo es montar un espectáculo circense y dar en el gusto a la calle. Logrado aquello, festinan en las redes sociales, subiendo imágenes y declaraciones que distan poco de aquello que haría la farándula. Y lo hacen para auto congratularse -tal vez para reafirmarse con el aplauso fácil- y para rendir cuenta a la masa. A veces es para la risa, pero la mayor parte del tiempo es para llorar pues es muy preocupante. Me pregunto si creerán que con ese actuar acercan la política a los ciudadanos. Mi percepción es que es todo lo contrario. Los ciudadanos no esperamos que los políticos nos monten un show. Si tenemos ganas de entretenernos, iremos a ver un buen espectáculo, asistiremos a un concierto o a una obra de teatro, pero yo al menos no espero, y más bien me indigna, que sea el Congreso quien me lo brinde. Lo que esperamos los ciudadanos del Parlamento es mucho sentido de oportunidad y debates que, si bien pueden ser emocionales, terminen finalmente por resolverse en base a argumentos. Y es que sus decisiones nos afectan a todos. Yo soy una defensora de la democracia representativa. Sostengo que es a través de ella y sus instituciones (y el Congreso es parte muy relevante) que deben canalizarse y priorizarse las demandas ciudadanas. Pero a ratos sostener esta tesis es tremendamente difícil cuando buena parte del parlamento está dedicado a montar un show cada vez que se va a votar una política pública; cuando no son capaces de sostener, que sea por horas, sus convicciones; o cuando no se atreven a pensar y a decir que piensan distinto a la calle vociferante y violenta.  

Esta semana debía discutirse el proyecto sobre Ingreso Mínimo Garantizado y no ocurrió. En vez, el Parlamento priorizó el proyecto de paridad de género en el eventual órgano constituyente. Prioridades políticas por sobre las sociales. No deja de ser curioso que todos los líderes de la oposición vivan exigiéndole al Presidente una agenda social, pero que a la “hora de los quiubos” la posterguen. Usted me dirá: es que se nos viene el plebiscito encima, había que resolver esto. Si, pero queda algo más de un mes y medio, había tiempo aún. Es más, hay hasta junio para resolver sobre la elección de los constituyentes. Y le añado: ¿Usted le diría a una familia vulnerable que necesita recibir el aporte del Estado, consagrado en el proyecto del Ingreso Mínimo, para pagar cuentas, colegios, etc. que es más importante la paridad de género? Claro que no. Lo que ocurre aquí, en realidad, es que “había que” tener algo que mostrar antes del 8M. Gran oportunidad para matar dos pájaros de un tiro. Resolver una cuestión que es mayormente de interés de la política -que de la mayoría ciudadana- y montar el espectáculo para no defraudar al público vociferante. Un coctel irresistible para el actual parlamento. Y así fuimos testigos de cómo la política priorizó sus necesidades y ganas de satisfacer al honorable público por sobre aquellas reales y urgentes de la ciudadanía. Y lo hicieron con mucho orgullo, con mucho festín en redes sociales y selfies, y aun cuando con ello produjeran quiebres en sus sectores. Nos convertíamos en el primer país en lograr un sistema que, para redactar una eventual nueva Constitución, alterará los resultados de elecciones democráticas, a la pinta de la política, y pasará a llevar la voluntad ciudadana manifestada en el voto (¡habiendo otros mecanismos menos lesivos y que se pusieron sobre la mesa!). Un gran espectáculo, sin duda. Gaviota de Oro para la política.    

Columna de Natalia González, Subdirectora de Asuntos Jurídicos y Legislativos en El Mercurio.-