Del entusiasmo a la acción responsable

Los chilenos parecen estar más conscientes que nunca de los desafíos asociados al cambio climático. El 69% de los encuestados por Cadem a principios de este mes considera que el cambio climático se puede detener, y 81% señala que ello constituye una responsabilidad de "todos por igual". Esto es una buena noticia. Especialmente considerando el efecto que tiene la emisión de gases de efecto invernadero por actividades humanas, en el alza de las temperaturas del planeta en los últimos 50 años (IPCC 2018).

Pero el entusiasmo es apenas el primer paso. Necesitamos que éste venga acompañado de acciones concretas; de un compromiso auténtico y coordinado para llevar a cabo cambios en la forma en que estamos haciendo las cosas y de asumir responsablemente los costos que conllevará reducir nuestras emisiones. Todo ello, con una mirada sistémica y realista.

En ese contexto, es importante dimensionar correctamente nuestras posibilidades y oportunidades, así como evaluar con rigor las acciones a tomar. Las emisiones de Chile representan apenas un 0,23% de las emisiones globales de CO2, aunque en conjunto con los países que emiten menos del 1%, sumamos el 25% del total mundial. Esto indica que, aunque el impacto de las medidas de mitigación que tomemos depende de la coordinación con el mundo, en su justa proporción, cada esfuerzo vale.

Asimismo, nos invita a avanzar también en otros ámbitos en que sí tenemos mayor autonomía, como lo es la adaptación al cambio climático.

Segundo, de acuerdo al tercer Informe Bienal de Actualización de Chile sobre Cambio Climático (2018), el sector energía es el principal emisor de gases de efecto invernadero en el país, con el 78% de las emisiones totales en 2016. Ello, principalmente por el uso de combustibles fósiles para la generación eléctrica y el transporte terrestre. Es decir, nuestras emisiones provienen de procesos que permiten dar origen a productos y actividades que forman parte de nuestro día a día. Esto sugiere que cualquier medida de mitigación requerirá del esfuerzo de todos.

Así también, que éstas podrían tener un efecto en términos de una reducción de la oferta o un encarecimiento de bienes de uso cotidiano.

Por su parte, la eventual priorización de inversiones públicas en esta materia conlleva un costo alternativo reflejado en otras necesidades que el país no podrá financiar a cabalidad.

El positivo entusiasmo por enfrentar el cambio climático debiera motivarnos a indagar sobre esos eventuales costos y así comprometernos con ellos de manera responsable. Hay consenso en que debemos actuar ya, pero no de cualquier forma. Para que las acciones que llevemos a cabo sean efectivas y perduren en el tiempo, se requiere internalizar cuáles serán los esfuerzos requeridos de parte de cada uno. Recién ahí estaremos en condiciones de asumir un compromiso llevadero que involucre a todos y del que más tarde -si se reduce el entusiasmonadie vaya a desentenderse.

Columna de María Paz Arzola, Coordinadora del Programa Social, publicada en La Tercera.-