Realismo mágico y políticas públicas

Este fascinante movimiento pictórico y literario, que nos invita a ser testigos de la fantástica normalidad con la que los personajes de una novela o pintura se relacionan con elementos quiméricos o mágicos -como si éstos fueran de lo más habitual o común-, parece haber trascendido la expresión artística para permear de lleno en las políticas públicas chilenas. Y es que día a día, y en diversas esferas de la regulación, se plantean iniciativas que, si bien abordan aspectos de la realidad, contienen importantes elementos de ensueño y que apelan a la sensibilidad o a la memoria de las personas para despertar adhesión. Asimismo, y emulando a los seductores personajes de aquellas destacadas obras del género -que tienen una visión casi onírica de la vida- los promotores de estas iniciativas suelen mostrarse como a la vanguardia de los acontecimientos políticos y sociales de la época, abogando por soluciones extraordinarias o espléndidas.

Pero la vida no es sueño. El realismo mágico, al que nos invitan las novelas y otras expresiones artísticas del género, y que tanto deleite nos causa, llevado a las políticas públicas provoca el efecto contrario: preocupación, incertidumbre y finalmente desapego con la política. ¿Por qué? Por supuesto no es porque existan soñadores que puedan pensar “fuera de la caja” y sean capaces de proponer soluciones innovadoras y de vanguardia. Ojalá hubiera muchos de aquellos en todo ámbito de quehaceres y materias, de lo contrario no avanzaríamos. Pero esos sueños deben traducirse en soluciones de política pública razonables, fundamentadas y eficaz y eficientemente diseñadas, pues ellas afectarán la vida real -y no imaginaria- de todos los ciudadanos.

Pero los promotores de las iniciativas pertenecientes al realismo mágico legislativo, que proliferan en el parlamento por estos días, no distinguen, ya sea por ignorancia o por voluntarismo, los elementos de realidad de los de ensueño, los que presentan a la población como factibles, además de asequibles de manera simple, en un, dos por tres y, por supuesto, a muy bajo costo y, por qué no, a costo cero. El mensaje es tan encantador que muchos resultan cautivados; otros pierden el coraje para defender sus convicciones y otros, simplemente, prefieren plegarse hacia dónde va la marea porque lo correcto o lo diverso parece muy complejo de defender y, entonces, para qué desgastarse pensarán.

Y así avanza el realismo mágico legislativo, generando magnetismos insospechados. Jornadas laborales rígidas de 40 horas semanales en que por ley se declara que no tendrán impacto alguno en las remuneraciones (y con eso estamos listos, lo dice expresamente la ley, que podría fallar); propuestas que buscan que la autoridad fije los precios de determinados bienes para hacerlos per se más asequibles (o menos, pero eso es demasiado realista o complejo para este género); las que crean entes públicos para mejorar las pensiones (cómo las mejorará, parece ser problema de otros no del parlamento); las propuestas que anhelan que vuelvan a manos del Estado las concesiones sanitarias (como si las burocracias estatales fueran la panacea), y así suma y sigue. Todas estas iniciativas apelan a determinadas realidades respecto de las que hay que introducir mejoras regulatorias, pero desde la racionalidad no desde la magia. Resulta escalofriante tener que conformarse con que la regulación que regirá buena parte de nuestras vidas y de las actividades productivas provenga de la corriente del realismo mágico legislativo que no es capaz de separar la realidad de la ficción, de proponer soluciones en que exista una mínima evaluación sobre la idoneidad del instrumento respecto de los fines perseguidos o de reflexionar sobre sus posibles impactos. Peor aún, que se insista, contumazmente, en que determinadas propuestas no tendrán efectos adversos y se persista en la oferta de pócimas que lejos de arreglar problemas los empeorarán.

La imaginación puede servir de impulso inicial para la generación de valiosas ideas que solo se convertirán en soluciones tras un proceso racional, en que habrán de descartarse las que no son aptas y, en cualquier caso, las que se basan en milagros o monsergas pues ello solo generará importantes retrocesos, en circunstancias que lo que se busca es avanzar hacia el desarrollo. Es hora de poner el despertador, en su máximo volumen, para salir del adormecimiento al que nos someten día a día los promotores de las fórmulas mágicas y actuar con mayor responsabilidad. Hay que dejar de lado lo que ya parece surrealismo.

 

Columna de Natalia González, Subdirectora de Asuntos Jurídicos y Legislativos, en El Mercurio.-