Buenos y Malos

No puedo decir que no me impactaron las revelaciones acerca de los numerosos y graves abusos cometidos por el Padre Renato Poblete. Tengo, familiarmente, una estrecha relación con los Jesuitas, crecí conociéndolos y tengo mucho respeto y consideración por varios de ellos. Aprecio la dedicación a obras de bien de muchos sacerdotes y hombres de iglesia. Aun así, siempre he pensado que, en la naturaleza humana, y por lo tanto en cada hombre y mujer, conviven el bien y mal; en dosis muy distintas en cada caso por supuesto, no estoy tratando de socializar ni banalizar el mal.

Por lo mismo detesto el buenismo. No me gusta que algunos se planten frente a nosotros desde una posición de supuesta superioridad moral. Y ese es un rasgo, lamentablemente, muy arraigado en algunos Jesuitas especialmente cuando se trata de la cuestión social; tan arraigado como lo está en otros sacerdotes y laicos católicos cuando se trata de la moral sexual.

Me rebelo, así, frente a los buenistas que creen tener el monopolio de la sensibilidad social; que creen que el único camino para ayudar a los pobres es acercándose a fórmulas y políticas socialistas y denostando al capitalismo culpándolo de todos los males, pese a ser manifiestamente este último el sistema que más ha ayudado a los pobres en la historia de la humanidad. Pero me rebelo también frente a aquellos que quieren imponernos a los demás su modelo de familia, su concepto de lo que es la vida buena, su comprensión de la sexualidad humana. Respeto el hecho que, unos y otros, tengan convicciones, tanto en lo social como en materia de moral personal y familiar; más aún, lo aplaudo siempre que no traten de imponernos a los demás esas creencias o nos miren por encima del hombro porque no estamos de acuerdo con ellos.

Quizás por ello, aunque no dejaron de horrorizarme los abusos del Padre Poblete; así como en su oportunidad los de Karadima, los de Maciel, o los de Precht, respecto de los cuales siempre he dado testimonio público de mi repudio, así como también los de O´Reilly; nunca dejé de empatizar con sus víctimas ni me negué a creer que estos sacerdotes, que en otros ámbitos han hecho el bien a sus semejantes, pueden llegar a ser también lobos de hombres y mujeres, sometiéndolos a los más crueles abusos y aberrantes situaciones.

Es un misterio de nuestra naturaleza que los hombres debemos mirar con humildad. Bajarnos de nuestros pedestales y nuestra tendencia a etiquetar a las personas entre buenos y malos, entre los nuestros y los otros. Quienes somos católicos, sea por razones más bien culturales o por haber encontrado una profunda fe, debemos ir a la esencia del mensaje de Cristo y encontrar allí virtudes como la pobreza de espíritu y la pureza del alma que nos alejen de la soberbia del que pretende hablar desde una frágil, lo comprobamos ahora, superioridad moral. 

 

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, en La Tercera.-