Historia y currículum

Algo conozco de la historia y su importancia. En cambio, de teoría curricular, prácticamente nada. Escribo, entonces, solo desde la experiencia personal y la observación, y con más preguntas que respuestas, sobre algunos aspectos que han estado algo ausentes en la discusión actual. ¿Por qué y para qué tenemos un currículum nacional obligatorio? ¿Cuán extenso debe ser? ¿Cuánta rigidez es necesaria y cuánta flexibilidad es deseable para darles creatividad a los profesores y autonomía a los colegios para forjar su propio proyecto educativo? ¿Qué margen de tiempo y capacidad docente queda para desarrollar temas no incluidos en forma obligatoria? ¿Debe el currículum ser extenso en el número de disciplinas obligatorias que exige, o bien, al menos en las últimas etapas, profundizar en pocos ramos de acuerdo al interés específico de los alumnos? Y, ¿cuál es el papel de la historia en la formación de un ciudadano para el siglo XXI? En historia estudiamos al ser humano en el tiempo, su esencia, sus cambios y sus continuidades.

Intentamos comprender las causas y consecuencias de los actos individuales y colectivos; la complejidad y la diversidad; conectarnos con experiencias y personas que de otro modo no podríamos conocer, y entender cómo influye nuestro pasado en la creación de nuestra identidad y del país en el cual vivimos. La historia nos enseña cómo evolucionan las instituciones, las sociedades, las culturas, las creencias y las mentalidades. Por ello, es válido plantear una vez más: ¿puede una persona o una comunidad que no sabe de dónde viene, saber hacia dónde va? ¿No es aún válido el augurio de Confucio de que 'Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla'? Pero el estudio de la historia va más allá aún, porque constituye una formación intelectual que desarrolla capacidades muy necesarias en la actualidad. 

Ante la proliferación de información, entrega competencias para organizarla y para distinguir lo relevante de lo intrascendente, y enseña a priorizar, a asociar, a analizar, a identificar problemas, a plantear preguntas relevantes y argumentar fundadamente. Pues bien, si de lo anterior tengo certeza, tengo dudas sobre cómo y cuándo estas habilidades se deben desplegar en el currículum nacional. Como sabemos, ninguna educación escolar puede entregar la totalidad de los conocimientos en todas las disciplinas del saber, al igual que ni siquiera la universidad puede cubrir todo el conocimiento existente en una determinada área y, por ello, en todos los niveles, lo importante es dotar a los estudiantes con las herramientas para seguir aprendiendo.

El conocimiento avanza a una velocidad sin precedentes y las publicaciones de historia entre 1960 y 1980 son más numerosas que toda la producción historiográfica anterior a partir del siglo IV a.C., y hacia el año 2020 se duplicará cada 73 días. Mi educación escolar aconteció, obviamente, muchísimo antes que el Reino Unido introdujera la idea de un currículum nacional. Lo hizo obligatorio solo en 1988, pero solo para la mitad de los colegios financiados con dineros públicos, y su efectividad es muy discutida. Personalmente, en el equivalente a tercero medio estudié solo cinco ramos (más latín, porque era obligatorio para ingresar a la universidad) y en cuarto solo tres.

Estoy convencida de que esa profundización me permitió una mejor formación para enfrentar los desafíos de la universidad. En el tema concreto de nuestro currículum nacional, yo diría que lo importante es que lo obligatorio sea el mínimo indispensable, enseñado con metodologías que tiendan a desarrollar capacidades, que los colegios dispongan de autonomía y flexibilidad para decidir su plan de estudio y, por cierto, mi recomendación sería que voluntariamente incluyeran historia hasta el final.

 

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera LyD publicada en El Mercurio.