Esta semana fuimos testigos de un verdadero espectĆ”culo a propósito de la aprobación, en general, de la reforma al sistema de pensiones. El debate que presenciamos tanto en la Comisión de Trabajo, en que se rechazó primeramente la idea de legislar, como despuĆ©s en la Sala de la CĆ”mara de Diputados, en que finalmente se aprobó, estuvo lejos de estar a la altura. Algunos parlamentarios de centro izquierda, mĆ”s que ocuparse del fondo del asunto, se vieron mĆ”s preocupados de congraciarse con diputados de la extrema izquierda, buscando comprobar con esa conducta su vocación de oposición, sin entender que se puede ser oposición sin obstruir. Otros diputados opositores hicieron gala de intervenciones ricas en consignas y frases para la galerĆa, diseƱadas mĆ”s bien para impresionar a los escasos oyentes y por, sobre todo, a la prensa, colmando la discusión de metĆ”foras ācuƱerasā y de aseveraciones alejadas de la evidencia, aun cuando dichas con gran vehemencia. Brillaron, por su ausencia, los argumentos tĆ©cnicos, sustentados en datos. En fin, como haya sido, se sorteó la primera barrera, pero aĆŗn estĆ” por verse cómo terminarĆ” de desenredarse este asunto pues, desde ya, surgen inquietudes importantes.
Justamente una de las preocupaciones de cara a la discusión en particular es que el debate encuentre un tono mĆ”s adecuado, mĆ”s racional. Varios parlamentarios opositores fundaron su voto en contra, con gran Ćmpetu y convicción, en la lógica de que el ahorro individual habĆa fracasado y que resultaba imperativo, y en un deber moral ineludible, avanzar hacia un sistema solidario de reparto (en que un grupo de trabajadores mĆ”s jóvenes contribuye a financiar, con parte de su cotización, las pensiones de otros trabajadores, mĆ”s cercanos a la edad de jubilar). Sin embargo, toda la evidencia muestra que un sistema de reparto, como el asĆ planteado, no es garante de solidaridad y es regresivo. ĀæPor quĆ©? Porque quienes aportarĆ”n ācon su solidaridadā no necesariamente son los que ganan mĆ”s, y quienes ārecibirĆ”n la solidaridadā no son los que mĆ”s la necesitan, fuera de no ser sostenible en el tiempo en una población que envejece. A pesar de ello, no serĆ” tarea fĆ”cil hacer valer esta evidencia si el debate se mantiene en el tono emocional que ha tenido hasta la fecha. La bandera simplista del āsistema solidario de repartoā suena bien y en esto hay que reconocerle a la oposición su gran habilidad, mayor a la del actual oficialismo, para instalar estos mensajes. Y lo que corresponde advertir es que son solo eso, mensajes quimĆ©ricos, que carecen de sustento tĆ©cnico y que, por lo mismo, no pueden terminar por ser los orientadores de la discusión. El gobierno, en su actual propuesta, contempla la solidaridad, pero financiada con importantes y cuantiosos recursos pĆŗblicos, logrando asĆ un efecto progresivo y focalizado en quienes mĆ”s lo necesitan.
En la misma lĆnea, de las frases vendedoras, y tras el intento fallido del movimiento āNo mĆ”s AFPā, la oposición avanzó hacia una derivada consistente en āNi un peso mĆ”s para las AFPā. Y hoy pareciera ser que, para avanzar en el Congreso en la discusión de polĆticas pĆŗblicas necesarias y urgentes, primeramente, hay que hacerse cargo de las consignas, carentes de racionalidad, pues de lo contrario se arriesga el bloqueo de las iniciativas. En la era de los absolutos, en que posibles opciones intermedias parecen demasiado complejas para ser consideradas, las AFP se transformaron en el sillón de don Otto y el Gobierno se mostró disponible a aceptar que asĆ fuera, al excluirlas, segĆŗn ha trascendido, de la administración del 4% de cotización adicional. SegĆŗn se sabe, la gestión de estos recursos recaerĆa en un ente pĆŗblico que contarĆa con un Consejo. Se restringe asĆ la libertad de los cotizantes, sin explicación tĆ©cnica alguna, y se sienta un precedente muy complejo para cuando se vuelva a discutir, en unos aƱos mĆ”s, otro aumento de la tasa de cotización. Y la pregunta que cabe hacerse es ĀæCómo contribuye a mejorar las pensiones la introducción de un ente pĆŗblico? ĀæAdministrarĆ” los recursos o entregarĆ” la administración de los mismos a terceros, mĆ”s idóneos, vĆa licitaciones abiertas y competitivas? EstĆ” por verse. Lo que sĆ estĆ” claro es que una oposición insaciable, que persigue que de un paraguazo se solucionen todos los desafĆos, sin afectar el mercado del trabajo ni la responsabilidad fiscal, y un gobierno demasiado Ć”vido por empujar sus iniciativas, necesarias, por cierto, pero no a cualquier costo, resultan en una combinación inquietante.
Columna de Natalia GonzĆ”lez, Subdirectora de Asuntos JurĆdicos y Legislativos de Libertad y Desarrollo, publicada hoy en El Mercurio.-Ā