Cifras en torno al sistema de admisión escolar: ¿contradicción?

Días atrás, La Tercera publicó una nota sobre los resultados de un estudio de académicos de la Facultad de Educación de la UC, que se señala irían en contra de lo que ha sostenido el Mineduc para promover su proyecto denominado como de Admisión Justa. Lo cierto es que luego de analizar dicho estudio, así como los datos relativos al nuevo sistema de admisión (SAE), considero que en realidad las diversas cifras no se oponen, sino que incluso se complementan.

En primer lugar, lo que ha señalado la Ministra de Educación es que con la aplicación del SAE se ha visto que los alumnos de mayor rendimiento académico son los más disconformes, en tanto quedan con menor frecuencia que el resto de los postulantes en el colegio de su preferencia. Al analizar los datos disponibles, se encuentra que ello es efectivo, y que ocurre porque los alumnos de mejor desempeño postulan a colegios más demandados, razón por la cual tienen una menor probabilidad de adjudicarse una vacante en ellos. Así, por ejemplo, en la región de Magallanes, mientras sólo un 46,5% de los alumnos de alto rendimiento que postuló a 1° medio quedó en el colegio de su preferencia, este porcentaje fue casi 20 puntos mayor entre el resto de los postulantes a dicho nivel, donde 65,6% quedó en su primera opción.

Distinto es el análisis de los académicos de la UC. Éstos revisaron la proporción de alumnos vulnerables y de alto rendimiento en colegios de buen desempeño, pero a diferencia del análisis anterior, compararon lo que ocurría antes y después de la introducción del SAE. Y sus resultados muestran que, a nivel agregado, no ha habido cambios significativos entre un año y otro. Es más, considerando que la razón por la cual la ley prohibió los procesos de selección fue “acabar con la marcada segregación escolar” (de acuerdo a lo planteado en el mensaje que acompaña la ley de inclusión), el estudio indica que “los patrones de desigualdad en la distribución de los cupos en colegios más deseados no han sido mayormente afectados por el SAE”, sino que, por el contrario, se observa “una clara estabilidad en las brechas de acceso a los colegios más atractivos” entre alumnos vulnerables y no vulnerables.

Si bien este estudio es una interesante contribución, aún es una primera aproximación que no pretende ser concluyente, pues no controla por otros cambios que ocurrieron simultáneamente y que también pudieron afectar la distribución de alumnos entre los diversos tipos de colegio. Así, por ejemplo, si bien los autores identifican una “muy leve” ganancia, en la medida que más alumnos - vulnerables y no vulnerables- habrían sido admitidos en establecimientos de alto desempeño, lo cierto es que al no corregir por el hecho de que en el período se produjo también un aumento en el número de colegios que mejoraron su categoría de desempeño, resulta apresurado atribuir ese logro al SAE.

Con todo, los antecedentes disponibles por ahora indican que los fines de inclusión que motivaron la introducción del SAE no se estarían logrando, o en el mejor de los casos, serían muy modestos. Y la verdad es que esto no debiera sorprendernos; cuando se discutió la ley ya existía evidencia de que la segmentación del sistema escolar se debía en gran medida a las decisiones de las familias, así como también a la segmentación socioeconómica a nivel territorial. Y que, en cambio, ésta no parecía deberse a la “selección brutal” de los colegios, que fue lo que el SAE vino a impedir.

De esta forma, en vez de satanizar a los colegios como responsables de las brechas socioeconómicas en el sistema escolar -con el daño a las confianzas que ello implicó-, se debió partir por empoderar a las familias más vulnerables para que realizaran una elección bien informada, conociendo las cualidades de las diversas alternativas educativas y conscientes de su derecho a estudiar gratis gracias a la subvención preferencial. Asimismo, es preocupante que por combatir un mal que no parece haber sido tal -la “selección brutal”-, los alumnos de alto rendimiento estén hoy más frustrados que el promedio de los postulantes. En ese contexto, la introducción de nuevos criterios para la admisión, particularmente los relativos al mérito, podrían contribuir a dar mayor legitimidad al sistema entre esos jóvenes disconformes, haciéndoles sentir que al menos su esfuerzo fue considerado y que su buen desempeño no ha sido en vano.

Columna de María Paz Arzola, Coordinadora del Programa Social de Libertad y Desarrollo, publicada en Voces de La Tercera.-