Ayaan Hirsi Ali

Desde lo más profundo, ella decidió que jamás cultivaría la personalidad de víctima ni tampoco el resentimiento.

Ayaan Hirsi Ali sabe de qué habla cuando defiende la libertad de expresión, cuando lucha por los derechos de las mujeres, por la importancia de la autonomía personal y de la igualdad ante la ley. Sabe de qué habla cuando denuncia a las teocracias islámicas y cuando acusa la complacencia y complicidad de los 'liberals' norteamericanos frente a estos fenómenos. Ella ha experimentado en carne propia los efectos que las estrechas corazas de la sumisión a verdades incuestionables y a lo 'políticamente correcto' están ejerciendo sobre la libertad para pensar en forma crítica, fundada en evidencias y argumentación racional, incluso en un gran número de universidades norteamericanas.

Ayaan Hirsi Ali nació en Somalia de un padre a quien describe, en su autobiografía 'Mi vida, mi libertad', como 'valiente, culto, popular, nacido para gobernar', y de una madre, a su juicio, 'hábil poeta y agraciada con un don natural'. Criada en Arabia Saudita, Etiopía y más tarde en Kenia, fue educada en una estricta y ortodoxa cultura islámica y llegó incluso a formar parte, en su juventud, del grupo extremista la Hermandad Musulmana. Cuando tenía 5 años, junto a su hermana de 4, fue 'purificada', a instancias de su abuela, por medio de la más cruel, dolorosa, humillante y brutal mutilación genital, a la cual siguen siendo sometidas, aún hoy, el 97% de las niñas de ese país y de muchos otros, con consecuencias que pueden incluso, en muchos casos, llevar a la muerte.

Es cierto que la mutilación es anterior al Islam y practicada también por países que no son de religión musulmana, pero ella cree que la inferioridad y subyugación de las mujeres en el Corán crean un terreno fértil para justificar la ablación. Testigo de la vida trágica y de rabia, no siempre contenida, de su madre, a quien siempre vio como 'atrapada en un amargo resentimiento pasivo', y ahogada por la dependencia y la subordinación a los dictados de una cultura primitiva, Ayaan decidió rebelarse contra su destino natural y los mandatos de su padre, y huyó de un matrimonio arreglado con un perfecto extraño. Pidió asilo en Holanda, donde incluso llegó a ser parlamentaria: 'No huía del Islam —nos dice—, o hacia la democracia. En aquel entonces no abrigaba grandes ideas. No era más que una muchacha que quería ser ella misma'.

Desde entonces sí ha defendido con coraje admirable y altos costos las grandes ideas ligadas a la libertad y la civilización. Sus estudios en Leiden, su encuentro con las ideas de la Ilustración, su experiencia en Occidente, pero, sobre todo, su fuerza individual y su convicción inquebrantable de que con voluntad se pueden superar las adversidades, la emanciparon, gradualmente, de las ataduras culturales de su infancia y es hoy un ícono de la lucha por la libertad. Perseguida inmisericordemente por desafiar el totalitarismo político musulmán, Ayaan ha vivido todos sus años en Occidente amenazada de muerte, rodeada de guardaespaldas y en autos blindados. Más aún, no faltan los intelectuales de izquierda que la fustigan como 'islamofóbica' y le niegan su derecho a hablar.

Uno de sus rasgos más admirables es que desde lo más profundo, ella decidió que jamás cultivaría la personalidad de víctima ni tampoco el resentimiento. Su batalla por la igualdad de derechos de las mujeres es muy diferente a la ideología feminista de última ola: ella tiene plena conciencia de cuánto han avanzado, en todos los sentidos, las mujeres en Occidente; no parte del supuesto de un antagonismo congénito entre hombres y mujeres, no aboga por la lucha de géneros sin cuartel y proclama que, con igual fuerza, defendería los derechos de los hombres si ellos fueran conculcados. Lo que importa siempre es la libertad de los individuos y su liberación de los dictados y de las coacciones, físicas o mentales, que los colectivos ejercen sobre ellos.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-