Trump, un peligroso desagrado

Con un 83% de posibilidades, las encuestas aseguran que Trump perdería el control de su Congreso, el 6 de noviembre. Si así fuera, la derrota electoral no lo afectará mayormente. Habrá que resignarse a Trump por algunos años, y a sus cambios, por muchos más.

Gran parte de los presidentes norteamericanos han gobernado sin contar con mayoría en el Congreso y fueron reelectos. Solo Franklin D. Roosevelt, en la depresión de los 30, y George W. Bush, luego del 11 de septiembre de 2001, ganaron las elecciones parlamentarias intermedias que ahora enfrenta Trump.

Cierto es que los derrotados presidentes experimentaron dificultades para concluir sus agendas. Eso no es novedad. El sistema legislativo de los Estados Unidos, de suyo disfuncional, está trabado. Trump, con mayoría en ambas cámaras, no ha podido concretar sus principales promesas de campaña: las reformas migratoria y del sistema de salud. 

A pesar de repulsivas formas y contenidos, Trump ha logrado cambios históricos. Rompió con el sistema y derrotó a las élites, a los medios de comunicación, a las dirigencias de los partidos políticos, empresariales, de las organizaciones no gubernamentales y sindicales, en la forma de conectarse con el electorado. Le han servido su intuición y su oportunismo para aprovechar las polarizaciones y las divisiones en la sociedad, que él favorece.

Es un provocador. Henry Kissinger teme que Trump haya iniciado una nueva era en la política internacional. Así parece. El Presidente desechó las fórmulas de las buenas prácticas y convenciones de la diplomacia y los beneficios de la globalización. A diferencia de todos sus antecesores, asumió la declinación del poder de los Estados Unidos y cree, equivocadamente, que podrá revertirla conteniendo la globalización, promoviendo el nacionalismo y enfrentando, por igual, a países amigos, aliados y adversarios.

El generalizado rechazo internacional a sus políticas y procedimientos no le importan para nada. Antes está su particular interpretación de lo que estima conveniente para los intereses de Estados Unidos y, mucho antes, los personales. Trump, a expensas de un irresponsable déficit fiscal, ha alcanzado éxitos económicos impresionantes en crecimiento y el más bajo desempleo en cincuenta años; conformado una Corte Suprema que marcará por décadas; logrado modificar a su amaño los tratados de libre comercio y de seguridad mundial, y puesto al mundo en el umbral de una devastadora guerra comercial.

Faltan 11 días para la elección, es mucho tiempo en la fluida y acontecida política norteamericana. Lo peor es que parece que Trump sobrevivirá políticamente, a pesar de su probable próxima derrota y de transformar la política, los valores y la imagen de los Estados Unidos en un peligroso desagrado, casi universal.

Columna de Hernán Felipe Errázuriz, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-