Casen 2017: el valor del crecimiento económico

El Ministerio de Desarrollo Social sorprendió con la entrega de los resultados de la Encuesta CASEN 2017, adelantándose un mes respecto a la publicación de la versión anterior de la misma. En primer lugar, se debe reconocer la relevancia de que nuestro país cuente con una encuesta de este nivel, cuyos resultados son avalados por la CEPAL, y que nos entrega datos fundamentales para hacer diagnósticos y evaluar los avances exhibidos en materia social. Gracias a ésta, sabemos que desde el año 2000 a 2017, la caída en la pobreza ha sido sustancial: desde 36% a 8,6%.

Asimismo, la medición recién presentada nos reporta una caída de 3.1 puntos porcentuales en la tasa de pobreza respecto al año 2015 y de 5,8 puntos desde el año 2013 (medición directamente anterior a que asumiera la Presidenta Bachelet). Sin duda una buena noticia, aunque si se compara con el período precedente, vemos una disminución en el ritmo de la mejora: la caída en la pobreza registrada entre finales de 2009 y de 2013 fue de 10,9 puntos.

En cuanto a la distribución del ingreso, los resultados muestran un coeficiente Gini sin variaciones significativas, pero un aumento de la desigualdad medida a través de los índices 10/10 y 20/20, que calculan –respectivamente- la relación entre los ingresos del 10% (20%) más rico versus el 10% (20%) más pobre. Esto es válido al considerar los ingresos del trabajo e ingresos autónomos, pero también al incluir los subsidios monetarios que entrega el Estado. De esta forma, vemos que el aumento de la desigualdad de los ingresos autónomos nos hizo retroceder hacia niveles similares a los exhibidos en 2011, mientras que los ingresos monetarios –que incorporan además los subsidios monetarios del Estado-, nos ubican en niveles de desigualdad similares a los del año 2013, es decir, cuando comenzó el segundo mandato de la Presidenta Bachelet.

En relación a la medida de pobreza multidimensional, que considera las carencias que exhiben los hogares en 5 dimensiones (educación, salud, trabajo, vivienda y redes), el año 2017 se ubicó en un 20,7%, lo que no representa un cambio significativo respecto al año 2015. Al ahondar en los indicadores que componen esta métrica, se encuentra que hubo un aumento de la población carente en materia de ocupación, que mide la prevalencia de desempleo en el hogar. Esto puede darnos una pista a la hora de explicar el menor ritmo de disminución de la pobreza registrado durante el período, así como el alza en la desigualdad de ingresos.

Así, aunque aún nos falta conocer el detalle de la información, todo indica que los ingresos de los más pobres no han crecido como quisiéramos. Es posible inferir que el menor dinamismo de nuestra economía, así como la precarización que ha sufrido el mercado laboral durante los últimos años, finalmente tienen un efecto negativo entre los más pobres. Y que lamentablemente, ese efecto no es posible de revertir mediante la entrega de subsidios por parte de Estado. De esta forma, la lección que podríamos sacar por ahora es que el crecimiento económico y la política social van de la mano, y que si queremos avances en materia social, no pueden desasociarse.

Columna de María Paz Arzola, Coordinadora del Programa Social de Libertad y Desarrollo, publicada en Pulso - La Tercera.-