Acuerdos políticos o dogmas de fe

No es fácil discernir por qué el Presidente Piñera obtuvo en la última elección una mayoría de votos sin precedentes. Unos dirán que fueron los imperativos económicos: más crecimiento, más y mejores empleos. Otros, que fue el deseo de restaurar el principio de autoridad para combatir la delincuencia. Muchos aludirán a la falta de una alternativa viable.

Intuyo que su apelación a aquello que nos une como nación más que a lo que nos divide; a buscar acuerdos allí donde son posibles; al diálogo civilizado entre adversarios, más que a la confrontación entre enemigos; a la restauración de la amistad cívica, que es la savia que nutre las relaciones democráticas, produjo un eco importante en la población. La pertenencia a un proyecto que, en algún punto, nos une a todos en un destino común sigue siendo atractiva. Y también opera el miedo a la agudización de los conflictos, porque en nuestras propias vidas hemos experimentado las consecuencias que trae consigo el desborde de los desacuerdos.

¿En qué momento se desprestigió la idea de buscar acuerdos y consensos mínimos entre las distintas fuerzas políticas, y pasó a ser sinónimo de traición a la pureza de las convicciones propias? 

El conflicto y el desacuerdo son intrínsecos a la democracia y esta ofrece instrumentos para su resolución pacífica; la política se ha definido como la alternativa al uso de la fuerza bruta o la guerra. Hay conflicto porque las aspiraciones legítimas que las personas anhelamos son diversas, infinitamente complejas y muchas veces colisionan entre sí; y difícilmente pueden perseguirse en forma simultánea con igual intensidad: queremos libertad y también igualdad, pero discrepamos en el peso relativo que cada uno de estos propósitos debe tener, en qué esferas se deben manifestar o cómo se pueden lograr mejor. Deseamos justicia, pero también misericordia; crecimiento económico, pero un medio ambiente lo más impoluto posible. Y así sucesivamente.

En toda sociedad existen además intereses contrapuestos, que deben ser procesados y conciliados. La política exige hacer opciones, priorizar y producir una síntesis entre ellos. Eso puede hacerse en forma coherente solo si existe un cuerpo de principios que inspiren la acción, pero también exige la disposición a entrar en transacciones para llegar a los acuerdos democráticos necesarios para ser mayoría, pero respetando los derechos de las minorías.

Ahora bien, cuando se habla de consensos y acuerdos no se está buscando la unanimidad, la cual es imposible y sería perversa: solo se trata de acuerdos generales, allí donde es indispensable y es posible. Y esto implica muchas veces aceptar arreglos con reservas y sacrificar las primeras opciones propias en aras de esa unidad mínima.

Hay una diferencia sustantiva entre una creencia religiosa, que por definición es dogmática e inmutable, y una convicción política, pues en relación a la mayoría de los problemas públicos no es posible establecer una verdad monolítica que pueda ser impuesta, ni una solución única autoevidente. En política no existe una receta correcta, única e incuestionable, que pueda ser establecida en forma técnica, no solo respecto de los fines deseables, sino tampoco respecto de cuáles son los mejores instrumentos para lograr esas distintas finalidades. 

El problema es que algunas ideologías sí tienen todas las características de una religión: la aspiración a la construcción de un paraíso; hombres nuevos redimidos por la luz de esa fe y, como en las teocracias, la disposición a usar cualquier método para lograrlo. Porque, como decía Isaiah Berlin, advirtiendo del peligro de las utopías, si alguien cree que es posible construir un mundo perfecto, un cielo en la tierra, lo más probable es que no haya nada que no esté dispuesto a hacer para conseguirlo.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-