¿Monseñor Ezzati a la olla?

Según Fulvio Rossi, hacia el final de la investigación sobre SQM, cuando ya quedaba claro que la mayoría de los casos de la Fiscalía se caían por falta de pruebas o por cambios en los criterios del Ministerio Público o el SII, había que elegir a quién tirar adentro de la olla y él fue uno de los elegidos.

Al ver las imágenes de Monseñor Ezzati saliendo de la Catedral, asediado por una turba luego que la Fiscalía de Rancagua lo llamara a declarar como imputado en un caso de encubrimiento de abusos sexuales me pregunté: ¿lo irán a tirar a él a la olla?

Quiero aclarar que condeno y he condenado públicamente, desde el comienzo, los brutales abusos cometidos por Marcial Maciel y Fernando Karadima contra sacerdotes y laicos. También que admiro la valentía y tenacidad de José Andrés Murillo, a quien conozco, y de James Hamilton y Juan Carlos Cruz por su denuncia de los abusos de Karadima y el posterior encubrimiento de sacerdotes y autoridades de la Iglesia Católica de estas conductas.

Estoy también impactado por la magnitud que ha alcanzado el fenómeno de abusos dentro de la Iglesia chilena, aunque después de lo ocurrido en otros lugares, Boston por ejemplo, uno no debiera sorprenderse tanto. Tengo serias dudas sobre la diligencia con que autoridades de la Iglesia chilena, incluido Ezzati, trataron las denuncias sobre abuso sexual de sacerdotes que recibieron. Es más, me da la impresión, ahora, que más gente de la que sospechamos sabía de estas conductas y no hizo mucho para denunciarlas; ni siquiera para ponerles término.

Triste, bochornoso, gravísimo. Podríamos usar muchos adjetivos. Pero ninguno suficiente para justificar que tiren a Monseñor Ezzati a la olla, como si él fuera el único responsable de esta situación. No es justo ni sano para la sociedad chilena que él aparezca como víctima propiciatoria de la vergüenza que durante muchos años se vivió en la Iglesia. Porque resulta que hace menos de un año atrás el propio Papa Francisco calificaba de infundios las acusaciones de Murillo, Hamilton y Cruz. Porque esas denuncias estaban hace muchos años en el Vaticano y nada se hizo desde allá.

¿Qué cambió entonces como para que el Vaticano sí le diera plausibilidad a esas denuncias? El Informe Scicluna dirá alguien; pero esa es una respuesta meramente retórica. Por algo se pide ese Informe, por algo se le da esa investidura a Scicluna y Bertomeu en los cambios que están teniendo lugar en la Iglesia chilena. Lo que ocurrió, es que la visita del Papa Francisco a Chile mostró que el tema de los abusos sexuales de sacerdotes, en particular Karadima, era aún una herida abierta entre los católicos chilenos y un tremendo problema reputacional para la Iglesia Católica.

El cambio de clima que se produce en el país a raíz de la nueva actitud del Vaticano es brutal. Alienta además las denuncias, de cientos de personas que habían sufrido abusos  o fueron testigos de ellos y que por temor, o por desconfianza no las habían formulado, o no habían insistido en ellas a raíz de la indolencia con que la jerarquía de la iglesia chilena las procesaba.

Esto tiene un aspecto positivo: purga situaciones inaceptables de abusos, establece un nuevo estándar en el comportamiento de sacerdotes y disuade los abusos. Todo ello es bienvenido.

Pero también tiene una cara indeseable: saca de algunas personas un aspecto menos loable de la naturaleza humana. Aparece la fascinación que tienen algunos por ver la caída de otro. Ojalá poderoso, que caiga de un pedestal para que quienes tienen instintos carroñeros se ensañen con él. Aparece esa falsa valentía de algunos que se erigen en defensores del pueblo, pero lo hacen sobre seguro, cuando la imagen de alguien está en el suelo, pues cuando tenía poder no osaban criticarlo, cuando no derechamente lo adulaban. Surgen los que quieren hacer una ley para quitarle la nacionalidad por gracia, cuando capaz que alguno de ellos haya propiciado el otorgamiento de ese honor.

Debe haber justicia por los abusos cometidos por sacerdotes. Ojalá el Ministerio Público juegue un rol responsable y no alimente oscuras pasiones de quienes quieren erigirse en tribunal popular.

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en La Tercera.-