
En Chile aĆŗn no llegamos al uso efectivo del elemento corrupción como recurso de acción polĆtica, pero el devenir de los acontecimientos tampoco permite descartar a priori algo por el estilo. Ha sido tal la magnitud del impacto de la triada PENTA-CAVAL-SQM, que estos casos han generado una sensación de vacĆo de poder y de dĆ©ficit de conducción polĆtica nunca antes visto desde el retorno a la democracia. La corrosión del liderazgo de Michelle Bachelet adquiere estatus de sintomatologĆa crónica y al parecer el staff de consejeros no logran con dar con la receta que aminore sus pesares.
Pero aún hay margen para contener la crisis de legitimidad del sistema. La percepción de corrupción conforme a los datos de la última Encuesta de Corrupción realizada por Libertad y Desarrollo muestran clara evidencia de un aumento en los niveles de percepción de ésta. Si en el año 2013, los encuestados calificaban con nota 4,14 la percepción de corrupción, donde a mayor nota mayor percepción de corrupción, en 2014 dicha nota fue de 5,42. Se trata de un alza significativa que nos vuelve a posicionar en los niveles de comienzos de la década del 2000, caracterizados por los casos MOP-GATE y sobresueldos. Sin embargo,  lo interesante es contrastar esta alza en percepción con el alza en el involucramiento directo en hechos de corrupción: diferenciar percepción de realidad.
Al respecto, es claro que la percepción excede con creces a los hechos concretos de corrupción, mĆ”s aĆŗn cuando se trata de instituciones directamente vinculadas al poder polĆtico, como el caso del Senado o la CĆ”mara de Diputados. Entonces la pregunta es. Ā Si Chile fuera un paĆs eminentemente corrupto, la correspondencia entre percepción de corrupción e involucramiento directo en este tipo de actos, serĆa lineal. Un marco referencial que puede ayudar a explicar este fenómeno es el que ofrece el politólogo el politólogo Arnold J. Heidenheimer. El autor distingue tres niveles de corrupción: la blanca, que es tolerada por la sociedad y por las Ć©lites; la gris, que genera mayor conmoción, discrepancias y ambigüedades a nivel de la sociedad; y la negra, que es considerada inaceptable y en consecuencia punible.
Como Chile no se auto-percibĆa como un paĆs corrupto -asĆ lo reflejan sus buenas posiciones relativas en el ranking de Transparencia Internacional- vivĆamos en un mundo de corrupción blanca, sin embargo, los Ćŗltimos episodios han develado un panorama mĆ”s grisĆ”ceo en tĆ©rminos de la definición de Heidenheimer.
Por lo tanto, lo relevante para advertir al Ejecutivo, es que sin un cambio de rumbo, traducido en una clara priorización y una debida conducción de su errĆ”tica agenda de transparencia, necesariamente, se generarĆ” un espacio, en ese vacĆo de poder, donde la mancha de la corrupción sobre nuestro sistema polĆtico bien podrĆa adquirir tonalidad gris oscura. Y limpiar esa mancha, podrĆa tener costos mayores para nuestro ordenamiento polĆtico-institucional.
Columna de Jorge RamĆrez,Ā Coordinador del Programa Sociedad y PolĆtica deĀ Libertad y Desarrollo, publicada en El LĆbero.-