Triunfos electorales y lecturas equivocadas

 

Luis Larraín A.Michelle Bachelet obtuvo una amplia victoria en las elecciones presidenciales y sin embargo leyó mal el resultado de esa elección. Ella creyó que su votación de más de 62% en la segunda vuelta y el gran triunfo en las parlamentarias significaba que tenía el respaldo mayoritario de la población para realizar reformas radicales en Chile y transformarlo en un país socialista y con predominio del Estado en las decisiones de los chilenos. La extendida oposición a dos de sus principales reformas, la tributaria y la educacional, demostraron que los ciudadanos quieren cambios para nuestro país, pero no cualquier cambio. En particular, rechazan las soluciones que les restringen su libertad de elegir y amenazan su acceso a bienes y servicios de calidad.

El derrumbe del modelo no fue más que el sueño húmedo de jóvenes con mucha carga ideológica y ambición de poder y poco análisis histórico y rigor intelectual.

La Presidenta pagó caro este error de diagnóstico y su apoyo entre la población declinó notoriamente, aún antes del caso Caval, mientras que sus reformas tributaria y educacional, expresiones de política pública de esta nueva sociedad que ella se propuso imponer, siguen siendo mayoritariamente rechazadas por la gente.

Esta semana, la Presidenta ha obtenido un nuevo triunfo electoral. La Senadora Isabel Allende ganó con una clara ventaja las elecciones del Partido Socialista y será ella, y no Camilo Escalona, quien presida durante los próximos años el partido donde milita la Presidenta. Este es un triunfo para Michelle Bachelet pues la Senadora Allende había marcado una clara línea de lealtad total con la mandataria, mientras su rival había deslizado duras críticas a la conducción política, en particular al Ministro del Interior Rodrigo Peñailillo.

Como esta victoria ha llegado en un momento difícil para la Presidenta Bachelet y su círculo de hierro, ellos han reaccionado con euforia. Hasta el lenguaje corporal de la Presidenta refleja este nuevo estado de cosas: una buena noticia después de dos meses de terror.

Esta nueva actitud puede ser signo de que, otra vez, Michelle Bachelet lee mal el resultado de una elección.

Si ella cree que a partir de su discurso en televisión dejó atrás sus problemas, está equivocada.

De partida, el caso Caval sigue vivo, y aparentemente aún no se conocen todas las ramificaciones e implicancias de los negocios de esta empresa de su nuera, que sigue bajo sospecha de haber realizado negociaciones incompatibles, utilizado información privilegiada e incluso ejercido tráfico de influencias.

Si el entorno familiar de la Presidenta está con problemas, para qué decir lo que sucede con su entorno político. El Ministro del Interior Rodrigo Peñailillo y un numerosísimo grupo de sus colaboradores más estrechos están afectados por la sospecha fundada de haber recibido financiamiento irregular a sus actividades políticas. El caso SQM llega hasta las entrañas mismas de la Nueva Mayoría y compromete a Ministros, Subsecretarios y Jefes de Servicio. Lo propio sucede con un gran número de parlamentarios.

Pretender que nuestra institucionalidad política va a operar para que todas estas actuaciones queden impunes es ilusorio. Aún cuando el daño pueda controlarse a nivel de las instituciones del Estado, recurriendo a todo el poder del Gobierno, la herida es demasiado profunda. El reproche moral que en las propias filas de la Nueva Mayoría ha provocado el caso SQM, el rol activo que han jugado medios de comunicación y periodistas, redes sociales y otros actores de la sociedad civil, hacen imposible pensar que quienes tienen hoy día la conducción política del Gobierno puedan seguir ejerciéndola con eficacia. Las explicaciones acerca de sus conductas simplemente no pasaron la prueba de la blancura.

Si la Presidenta Bachelet cree que ha puesto la lápida definitiva a la Concertación después de la elección del Partido Socialista y puede seguir gobernando con este gabinete e imponer a troche y moche sus reformas, quiere decir que una vez más se ha equivocado en la lectura de los resultados de una elección.

 

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de LyD, publicada en El Mercurio.-