UNA NUEVA ALIANZA POR CHILE

Reproducimos la columna de Jorge Ramírez, Coordinador del Programa Sociedad y Política de LyD, publicada en VOCES de La Tercera.

Durante las últimas semanas han sido múltiples las voces que han planteado la idea de superar la fórmula coalicional de la Alianza por Chile, para dar forma a un nuevo conglomerado que permita expandir los límites de la centroderecha, a efectos de llevarla a nuevas latitudes del mapa político. Algunos indicaron coordenadas en las cuales se sitúan comunidades liberales progresistas, mientras otros interpelaron a las emergentes agrupaciones socialcristianas. La lógica aglutinadora del nuevo referente se escribiría desde la negación al proyecto refundacional de la Nueva Mayoría; interesante en el papel, pero arriesgado en la práctica.

Todo expansionismo en política puede marcar el auge o el ocaso de una empresa gubernamental. El ejemplo más paradigmático es el del Imperio Romano. Como señalara Montesquieu en sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos, la conquista sin colonización fue la principal causa de la caída de aquel vasto imperio. La expansión desenfrenada terminó corroyendo el espíritu de ciudadanía porque la proyección de un gobierno y la lealtad a sus costumbres y principios fueron hipotecadas por el interés contingente de la tributación. Entonces, la expansión fue tal, que hizo del Imperio Romano una unidad política prácticamente ingobernable.

La geometría de coaliciones establece como regla que lo que se gana en extensión electoral se pierde en densidad programática. En efecto, una coalición donde caben todos, desde liberales- progresistas, pasando por conservadores y hasta socialcristianos obviamente expande el radio de acción. Sin embargo, si carece de un proyecto donde exista una hoja de ruta programática lo suficientemente densa como para dar forma a un programa de gobierno común que aspire a una implementación no traumática, su afán expansionista terminará socavando la empresa política, tal y como sucedió con Roma.

La vieja Concertación es un buen ejemplo de equilibrio entre expansión y cohesión, delineó bien las fronteras en el mapa político a efectos de asegurar una expansión que asegurara gobernabilidad, pero la Nueva Mayoría es todo lo contrario: un proyecto refundacional donde caben todos pero donde también gobiernan todos en su propio estilo, generándose una conducción política errática, en la cual, paradójicamente las discrepancias internas son el principal actor opositor a su propio gobierno. La anterior distinción no es otra que la existente entre un proyecto político y una mera aventura electoral.

Las voces de la centroderecha que de algún modo pretenden imitar el modelo coalicional de la Nueva Mayoría debieran prestar mayor atención al anterior punto y desde ahí extraer lecciones.

Si matar la Alianza implica dar forma a un nuevo referente político anclado en principios sólidos, donde el norte sea algo más que una simple apuesta electoral, y donde la motivación sea algo más que la negación respecto del espectro identitario de la Nueva Mayoría, bienvenida. Aunque lo anterior supone llegar a consensos ahí donde parecen difíciles de alcanzar liberales, progresistas y socialcristianos. De lo contrario, sin unidad en los principios, y en consecuencia, lealtad a un proyecto político, el destino de la nueva coalición, lamentablemente no será muy distinto al de su predecesora Coalición por el Cambio: la extinción.