Cuentas claras, rumbo nuevo

Que la discusión del presupuesto de este año se centre más en aspectos puntuales que globales es, en sí misma, una buena noticia. En el Congreso, el debate se ha concentrado en partidas específicas: cuánto recibe tal programa, cuánto pierde tal otro. Lo que nadie ha puesto en duda es lo esencial: que los ingresos estén bien estimados, que las cifras digan lo que parecen decir y que los gastos comprometidos por ley estén financiados. Hace un año, en cambio, era precisamente eso lo que estaba en discusión.

En efecto, el foco estuvo puesto en una proyección de ingresos sobreestimada, la creatividad con que se presentaron algunos gastos y la omisión de gastos aprobados por ley con varios meses de antelación, que no aparecían entre los compromisos por financiar. Aun así, el presupuesto se aprobó con todos esos errores, falencias, imprecisiones o maquillajes, como se les quiera llamar.

Como reza el dicho, las mentiras tienen patas cortas. A los pocos meses de aprobado el presupuesto, la realidad se impuso. Antes del cambio de mando, el Gobierno saliente tuvo que transparentar que, una vez más, no había cumplido su autoimpuesta regla fiscal: informó un déficit estructural de 3,6% del PIB, es decir, US$ 4,7 mil millones mayor que el 2,2% que había sostenido y defendido apenas cuatro meses antes, sin que mediara crisis interna ni externa alguna.

Al sinceramiento de las cifras por parte de las autoridades salientes se sumó la necesidad de que las entrantes corrigieran las erradas estimaciones heredadas, tanto de ingresos como de gastos, para ajustar las cifras escritas en el papel a la realidad que, como siempre, termina por imponerse. Fue un ejercicio necesario, no para culpar a quienes estaban antes, sino para contar con un diagnóstico certero que permitiera corregir el rumbo y encauzar las finanzas públicas hacia una senda sostenible; sobre todo, una que permita recuperar una credibilidad fiscal hoy muy debilitada.

A diferencia del año pasado, el presupuesto que hoy se discute no ha sido cuestionado en sus aspectos centrales. No se han objetado las estimaciones de ingresos, no ha habido acusaciones de maquillaje de cifras ni se ha reclamado que omita gastos que por ley deben estar financiados. Es, por tanto, un buen punto de partida para reconstruir la credibilidad de los compromisos fiscales. De hecho, las primeras señales apuntan en la dirección correcta: la meta de balance estructural para este año era un déficit de 2,6% del PIB y, según las cifras actualizadas, cerraría algo por debajo, en 2,3%.

Algunos se preguntarán, entonces, si no es hora de aumentar el gasto en un contexto de demanda interna deprimida y de una economía que no da señales claras de reactivación. La respuesta es no. Pese al acotado crecimiento del gasto público para el próximo año y a un déficit estructural menor que el inicialmente planteado, hasta ahora nada indica que volveremos a reconstruir un colchón de ahorro en el Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES). Cabe recordar que éste cuenta hoy con cerca de US$ 3,9 mil millones, largamente insuficientes para enfrentar emergencias como las del pasado. En 2009, frente a la crisis subprime, durante el primer Gobierno de la Presidenta Bachelet, se giraron casi US$ 9,3 mil millones; tras octubre de 2019 y durante la pandemia, en 2020 y 2021, US$ 12,3 mil millones, y, durante el Gobierno del Presidente Boric, otros US$ 4 mil millones, aun cuando la principal emergencia que este debió enfrentar fueron sus propios errores de estimación de ingresos.

Toda discusión presupuestaria genera tensiones, y esta no será la excepción. Los grupos de presión mejor organizados harán oír su voz con vehemencia, defendiendo su partida sin mirar el conjunto. Pero un presupuesto no se debe juzgar sólo por la suma de los reclamos que despierta, sino por la dirección que marca. Y éste muestra una senda distinta de la de los últimos cuatro años: cifras creíbles y un déficit que baja. No lo resuelve todo -el colchón del FEES sigue siendo exiguo y la credibilidad no se recupera en un solo ejercicio-, pero cambia el rumbo.

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El Mercurio