Educación: Igualar no siempre es avanzar

El LĆ­bero

Durante años, la preocupación por la educación chilena ha estado puesta, con razón, en quienes se quedan atrÔs. Pero los resultados de PISA 2025 muestran que el problema es mÔs profundo: tenemos demasiados estudiantes que no alcanzan los aprendizajes bÔsicos y, al mismo tiempo, muy pocos que logran desempeños altos. Tenemos un piso bajo, pero también un techo demasiado bajo. Las cifras son elocuentes. En matemÔtica, 3 de cada 5 estudiantes chilenos no alcanzan las competencias bÔsicas. En lectura y ciencias son cerca de 2 de cada 5. MÔs preocupante aún: 27% de los jóvenes de 15 años no alcanza el nivel mínimo en ninguna de las tres asignaturas.

Pero mirar únicamente a quienes estÔn rezagados entrega una imagen incompleta. En matemÔtica, apenas 1 de cada 250 estudiantes alcanza un desempeño alto, mientras en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos lo hace cerca de 1 de cada 13. Y esto no es un problema exclusivo de un determinado nivel socioeconómico. El bajo desempeño atraviesa todos los grupos y, aun cuando aumentan los recursos de los hogares, Chile sigue mostrando pocos estudiantes que llegan a los niveles superiores. El patrón se repite en lectura y ciencias.

Esto obliga a tener cuidado con uno de los objetivos que ha dominado la discusión educacional: reducir las brechas. Por supuesto que disminuir las desigualdades es deseable. Pero una brecha puede acortarse de dos maneras muy distintas. La buena es que quienes estÔn mÔs atrÔs avancen mÔs rÔpido. La mala es que quienes estaban adelante retrocedan. Y hay señales preocupantes en esa dirección. En la última década, el deterioro en lectura y matemÔtica se concentró especialmente en los niveles socioeconómicos intermedios. En matemÔtica, por ejemplo, entre los estudiantes de mayores recursos, cerca de 1 de cada 23 alcanzaba un desempeño alto en 2015; hoy es apenas 1 de cada 75. Reducir distancias de esta forma no es avanzar en equidad. Es acortar la brecha por arriba.

Aquí también corresponde preguntarse por las prioridades de la política educativa. Durante la última década, buena parte de las reformas y de la discusión pública se concentró en la estructura del sistema: financiamiento, reglas de admisión y administración. Mientras discutíamos intensamente cómo organizar la educación, los aprendizajes fueron perdiendo protagonismo. Desde 2015, Chile cayó 23 puntos en lectura y 20 en matemÔtica.

La próxima década necesita una prioridad distinta. Las políticas educativas deben juzgarse, ante todo, por su capacidad de conseguir que los estudiantes aprendan mÔs. Eso significa fortalecer la educación parvularia para evitar que los rezagos comiencen temprano, poner lectura y matemÔtica en el centro, recuperar la asistencia y el tiempo efectivo de aprendizaje y dar a directores y profesores mÔs espacio para concentrarse en lo que ocurre dentro de la sala de clases.

La equidad no exige que todos lleguen al mismo lugar, sino que el punto de partida no determine hasta dónde pueden llegar y que todos los niños y niñas de Chile tengan la oportunidad de desarrollar su mÔximo potencial. El problema aparece porque hemos confundido reducir brechas con reducir diferencias a cualquier costo. Una brecha que se acorta porque quienes van adelante retroceden no es una mejora: es que incluso aquellos mÔs aventajados no estÔn desarrollando todo su potencial. Por eso, equidad y excelencia no son objetivos contrapuestos, sino complementarios. La excelencia no consiste en preocuparse solo de quienes van adelante, sino en aspirar a que cada estudiante llegue mÔs lejos. El desafío es apoyar con fuerza a quienes estÔn rezagados y, al mismo tiempo, abrir oportunidades para que todos puedan seguir avanzando.

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