Durante la última década, Chile ha impulsado transformaciones relevantes en materia de ciencia, tecnología, conocimiento e innovación (CTCI). La creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación en 2018 significó un cambio importante en la arquitectura institucional del sistema, articulando planificación estratégica, diseño de políticas y ejecución de instrumentos. A ello se suma una trayectoria previa de políticas orientadas al fortalecimiento de la investigación científica, la formación de capital humano avanzado y el desarrollo tecnológico.
Algunos insumos fundamentales del sistema de innovación han mostrado avances positivos y sostenidos. El número de investigadores dedicados a actividades de I+D ha aumentado, ubicándose en más de 21.000, y la producción científica creció de forma consistente, duplicándose en los últimos diez años. En tanto, el gasto en investigación y desarrollo (I+D) ha mostrado una tendencia creciente, aumentando en 35% en términos reales en el periodo 2010-2020, y en lo más reciente, este ha crecido 18%, alcanzando más de 1,1 billones de pesos. Pese a ello, en términos relativos, se ha mantenido entre 0,33 y 0,41% del PIB, muy por debajo del promedio de la OCDE y de economías con estructuras productivas comparables.
Pero más preocupante aún es que los resultados (u outputs) del proceso innovador muestran una evolución heterogénea. Aunque las solicitudes de patentes han aumentado en la última década, con un volumen 2,7 veces superior al de hace 10 años, la proporción de empresas que innovan ha disminuido, ubicándose en un 10,7%. El Global Innovation Index 2025 ha evidenciado que Chile enfrenta dificultades persistentes para transformar insumos en resultados.
En otras palabras, Chile ha avanzado en generación de conocimiento, pero sigue teniendo dificultades para convertir ciencia, tecnología y capacidades humanas en productividad, sofisticación productiva e innovación empresarial. La brecha parece estar menos en la producción de conocimiento y más en su transferencia.
Ese punto resulta especialmente relevante en el debate actual sobre el rumbo de la política científica y tecnológica del país. La ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, ha insistido en la necesidad de avanzar hacia un ecosistema de innovación chileno que conecte de mejor manera el desarrollo científico con los desafíos productivos y tecnológicos del país. El foco en transferencia tecnológica apunta a un problema real: la desconexión entre la academia, el Estado y las empresas.
La evidencia muestra que las empresas financian apenas una fracción menor de la I+D ejecutada por universidades y centros de investigación, al mismo tiempo que gran parte del capital humano avanzado continúa concentrado en el mundo académico, con escasa movilidad hacia empresas o instituciones públicas.
Por eso, el desafío no consiste únicamente en aumentar el gasto en I+D —aunque ello sigue siendo extremadamente necesario—, sino también en construir puentes efectivos entre quienes generan conocimiento y quienes pueden aplicarlo. Eso implica fortalecer los vínculos universidad-industria, reformular incentivos tributarios que hoy tienen baja adopción, desarrollar institutos tecnológicos aplicados y facilitar la inserción de investigadores en empresas y organismos públicos.
Chile ya no enfrenta únicamente un problema de acceso al conocimiento. El desafío ahora es lograr que ese conocimiento circule, se adopte y genere valor económico y social. Sin transferencia tecnológica, la ciencia difícilmente transformará el conocimiento en productividad. Y sin productividad, será cada vez más difícil sostener el crecimiento y el desarrollo que el país necesita.
Columna de Nicolás Durán, Economista, publicada en Cooperativa.cl-