HEGEMONÍA COMUNISTA

La semana pasada sucedió algo muy importante en la Convención Constitucional, que para muchos pasó inadvertido: el Partido Comunista encontró la fórmula para controlar la Convención, sin tener la mayoría de sus integrantes. El escenario para esa toma de poder fue la aprobación del reglamento de la Convención y el instrumento elegido el llamado plebiscito dirimente.

Paso a explicarlo. Como quedó claro a la hora de votar el reglamento, el bloque mayoritario de la Convención conformado por el Frente Amplio y sus aliados, entre los que destacan quienes ocupan los escaños reservados para pueblos originarios, pese a su mayoría relativa, no tiene los dos tercios necesarios para aprobar los contenidos de la Constitución sin el concurso del Partido Comunista. Este último, sumando a sus votos otros que ha logrado convocar, entre ellos algunos “descolgados” del propio Frente Amplio, logra reunir un tercio de la convención lo que le confiere cierto poder de veto.

Como el Partido Comunista es experto en la administración del poder (en el gobierno de Bachelet impuso sus criterios con una bancada parlamentario muy minoritaria) se dio cuenta que ese tercio, que la derecha no tiene y menos la ex Concertación, le bastaba para bloquear las iniciativas del Frente Amplio que a su juicio no van suficientemente lejos en la tarea emprendida a partir del 18 de octubre y que consiste en demoler la institucionalidad chilena

Para lograr esta hegemonía el PC necesitaba, no obstante, una trampa. El reglamento fue el vehículo para ponerla en práctica. Como se sabe, se propuso un plebiscito dirimente en el caso que una propuesta no alcanzara los dos tercios de los votos y sí lograra los tres quintos de ellos. O sea, para aprobar una disposición ya no se requerían 103 votos (2/3) sino 93 votos (3/5), si es que ella era aprobada por un plebiscito dirimente. El “detalle” y por tanto la trampa, es que este mecanismo no está previsto en la ley que reformó la Constitución para hacer posible la convención constitucional. No es lo que votaron los chilenos en el plebiscito de entrada ni cuando eligieron los convencionales. Los dos tercios era la piedra angular en el diseño de los arquitectos para dotar a Chile de una nueva Constitución, y mediante una trampa el Partido Comunista, mostrando menos escrúpulos que sus socios del Frente Amplio (o cumpliendo el rol del policía malo, no lo sabemos) logró cambiar las reglas del juego de la convención al votar el reglamento.

Sin embargo, quedaba aún una posibilidad de desarmar la trampa. La ley permite recurrir a la Corte Suprema para impugnar decisiones de la convención que se aparten de la legalidad. El caso era clarísimo, los argumentos estaban listos, pero de nuevo faltó algo, que quizás también estaba en los cálculos del Partido Comunista: para ir a la Corte Suprema se requiere un quinto de los convencionales, y eso da 39. Vamos por Chile tiene 37 votos, a los que se sumaba el independiente Rodrigo Logan. Pero no logró reunir ningún voto de la ex Concertación, ni de independientes no neutrales. Ni Agustín Squella, ni Felipe Harboe, ni Patricio Fernández, ni Fuad Chahín, ni Benito Baranda, ni Patricia Politzer; en fin, todos los que posan de moderados hicieron posible la trampa, con esta omisión. Es bueno consignarlo, porque es posible que esta sea el intersticio por donde se vacíe el espíritu de la nueva Constitución, la casa de todos, esa que se iba a construir con los aportes de chilenos de distintas ideas, sensibilidades y condiciones.

Esta renuncia de la izquierda moderada puede ser vital en el desarrollo inmediato de la institucionalidad en nuestro país. No se requiere mucha imaginación para comprender que una convención con este control del Partido Comunista, que sume a un Congreso muy favorable y a Gabriel Boric como presidente de la República, puede dar un giro impensado a este proceso, que lo distorsione del todo y lo transforme en la revolución que algunos sueñan y cuyo rasgo distintivo es la supresión de las libertades de pensamiento y opinión: la antesala de la pérdida de la democracia.

Es cierto que el Partido Comunista podría respetar la institucionalidad y usar las vías legales para obtener las reformas necesarias que habiliten este nuevo plebiscito dirimente, pero luego de la votación del reglamento, según lo que éste establece, está en su decisión hacerlo, o no hacerlo. La historia nos dice que es demasiado precaria la situación en que nos deja esta demostración de hegemonía comunista. Gabriel Boric puede ser el próximo Presidente de Chile, pero en ese caso no será quien ejerza el poder.

 

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en El Líbero.-