Infierno Alemán

Hay un chiste sobre el tema que no voy a contar porque es fome. Pero el título me sirve para expresar la idea que quiero transmitir: en Alemania, donde viajé con mi señora a visitar a su familia, comprobé en terreno por qué allá las cosas funcionan (hasta en el infierno asegura el chiste). La clave es el principio de buena fe.

Tuve que llenar y enviar un formulario por internet en que subí el resultado de un PCR con máximo 72 horas y el código de mi pase de movilidad que acreditaba dos dosis de vacuna. Al llegar a Hamburgo, a la salida del avión, un policía me requirió amablemente los resultados del PCR en un chequeo aleatorio a algunos pasajeros. Ese fue todo el contacto que tuve con funcionarios de ese país por el tema Covid 19. La vacuna me permitió no hacer cuarentena a la llegada, pese a que mi cuñada gentilmente nos había prestado su departamento de modo que tenía la posibilidad de hacerla allí. La clave es que el formulario que yo había llenado por internet fue procesado, pues los dos pasajeros que estaban delante de mí en el avión a Hamburgo fueron requeridos por personal a bordo a llenar un formulario impreso porque eran los únicos, junto a otros tres pasajeros, cuya información no había sido subida a internet. Nada que ver con las dos horas y cuarto de cola (hoy día está en promedio en una hora según me he enterado) y al menos diez funcionarios del Minsal (de los cerca de 500 que hay en el aeropuerto) que me interrogaron y pidieron documentos a mi llegada a Chile y me realizaron otro PCR, pese a que me había tomado uno al salir de Alemania. Ello no me libró de una cuarentena de diez días que cumplo mientras escribo esta columna. Puede que nuestra seguridad sanitaria sea mayor, pero la cantidad de controles puede hacerse intolerable. Es parte de nuestra cultura funcionaria y también de una población que intenta saltarse las reglas.

El infierno alemán continuó en las carreteras. Cuando en una autopista se produce un atasco de varios kilómetros por un accidente, los automovilistas se abren a su derecha y a su izquierda para dejar en el centro una pista por la que pasan vehículos de emergencia. Tan distinto al espectáculo de autos por la berma y hasta por los postes que se produce en Chile ante un evento similar y que multiplica el tiempo que se pierde. Me dio un poco de vergüenza saber que muchos alemanes usan Waze eliminando la posibilidad de que les avise la presencia de policías. Ahora entiendo por qué Uri Levine, creador de Waze, nos dijo en su primera visita al país que estaba ansioso por conocer a los chilenos porque aquí se da el más alto uso per cápita de esa aplicación en el mundo.

En el mar del Norte y del Báltico es usual para los alemanes pagar para ingresar a la playa sea en auto, bicicleta o a pie. Nadie reclama por ello pues les da derecho a disfrutar de una playa limpia, ordenada y con sectores demarcados para mascotas. Termino el infierno alemán con las gallinas felices, que pastan en amplios potreros cercados por una reja de 40 centímetros, imaginando el festín que se darían los perros y ladrones en Chile, privándonos así de huevos de gallina feliz. El principio de buena fe y el cumplimiento de las normas, más que su cambio, mejorarían mucho nuestro país.

 

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en El Líbero.-