ALGO QUE PERDER

Un cambio radical de la institucionalidad, la política y la economía debiera producir, además de sus efectos globales, ganadores y perdedores. Algo me dice que algunos no están haciendo bien los cálculos. Se escuchan iniciativas como impuestos a los súper ricos, royalty minero y mucha gente se imagina que las grandes fortunas o las multinacionales mineras serían los grandes perdedores con esas medidas y otras por el estilo. Me temo que no. Los súper ricos tienen asegurado su futuro por varias generaciones, las grandes empresas mineras producirán en Chile hasta que sea rentable hacerlo y después se irán y los que alegan contra la economía “extractivista” los echarán de menos, especialmente en Antofagasta y otros distritos mineros, pues no aparecerán miles de millones de dólares para invertir en nuestro país por nuestra linda cara, ya que tasas de tributación como las que se proponen hacen que la actividad no sea rentable. Cuando se hacen de verdad los cálculos sobre recaudación de estos impuestos, uno se da cuenta que no alcanzan ni para un año de PIB y pensar que quienes se supone pagarían esos impuestos se van a quedar tranquilos y contentos pagando por muchos años es cometer el error de un entrenador de fútbol que planifica el partido creyendo que el rival no juega, no tiene capacidad de reacción.

La clase media ha sido gran protagonista de los movimientos sociales que han acompañado la protesta violenta desde octubre del 2019, y en la mayor parte de sus integrantes pareciera haber una gran ilusión de que las cosas van a cambiar para mejor. Pero puede ser para peor. Muchas familias de clase media tienen razones para estar descontentas. El ascenso social que permitió a sus hijos asistir a la universidad, a los proveedores de la familia acceder a la casa propia, a un automóvil y a veces al segundo, se vieron interrumpidos brutalmente cuando el país empezó a crecer al 1% y las deudas adquiridas significaron que ya los sueldos no alcanzaban para llegar a fin de mes. La masividad de la protesta del 2019 se explica en gran parte por ello. La mala noticia es que, estallido social y pandemia de por medio, la situación en lugar de mejorar ha empeorado. El 17 de octubre de 2019 será el día más próspero en muchos años para una gran cantidad de familias chilenas. Y claro, la naturaleza optimista del ser humano y los mecanismos de negación a los que somos tan aficionados los de esta especie trabajan a toda máquina para tranquilizarnos.

Es que cuando todo cambia uno puede ganar, pero también perder. Y el mayor error es pensar que este es un juego de suma cero: o sea que lo que algunos ganan lo pierden otros. La historia de la humanidad nos dice otra cosa. Reglas del juego que cambian radicalmente y, peor que eso, que no se respetan, crean pobreza y no riqueza.

Un país no puede sostener con ayuda estatal al 80% de la población. Y la clase media tiene mucho que perder en un ambiente así. Desde ya está perdiendo su sistema de pensiones, que, con todas sus carencias, ha demostrado que es capaz de acumular una gran cantidad de dinero y que esto de que las AFP se robaban la plata es una más de las muchas mentiras que les contaron. Como lo del lucro en educación, que fue eliminado en el gobierno de Bachelet. El lucro desapareció y la calidad no llegó. A partir del año 2015 la prueba internacional PISA muestra un deterioro en matemáticas y lenguaje en Chile luego de diez años de progreso sostenido. Se cerraron colegios subvencionados, otros pasaron a ser exclusivamente pagados y se dañó la calidad de los liceos emblemáticos.

Lo que viene después en la fila, si los sueños revolucionarios continúan, será la salud privada. Será reemplazada por una pública, de calidad y gratuita para todos, una combinación que en nuestro país sólo puede constituir un conjunto vacío, que sufrirán los “perjudiciarios” del sistema, como dicen nuestros hermanos argentinos.

Podríamos seguir, hablando de nuevas restricciones a la actividad económica, mercados laborales más rígidos, sin abusos en la jornada laboral (abusos deseados por los abusados que lo único que quieren es más flexibilidad en sus horarios de trabajo). En fin, el libreto es conocido. La pregunta que uno se hace es ¿por qué nosotros, los chilenos, lo vamos a hacer distinto a otros países que transitaron por ese camino? ¿Porque tenemos a Pamela Jiles, o a Jadue?

Los ecuatorianos fueron más afortunados que los venezolanos al rectificar a tiempo su inmersión en el socialismo del siglo 21; los colombianos se defienden, pero ahora están bajo ataque del progresismo, que ya no tolera gobiernos de derecha; ojalá nuestros vecinos peruanos se salven en la segunda vuelta de un gobierno de orientación comunista. ¿Y nosotros? Bueno, aún estamos a tiempo, pero para eso la clase media debe darse cuenta que un cambio radical del modelo de desarrollo no significa automáticamente que van a estar mucho mejor sino que tienen un alto riesgo de terminar peor, porque aunque el ambiente no es propicio para reconocer algo así, basta mirar a nuestros vecinos para darse cuenta que tienen algo que perder.

 

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en El Líbero.-