PROGRESISMO Y POPULISMO

El progresismo se basa en una, supuesta, superioridad moral de quienes lo suscriben. Lo que ellos hacen y piensan es, a su juicio, moralmente superior a lo que hacemos y pensamos quienes opinamos distinto. Por eso van por la vida con esa actitud airada frente a las transgresiones a su credo que cometemos quienes no doblamos la cerviz ante sus dogmas.

La semana que pasó, marcada por la conmemoración (no podemos decir celebración) del día internacional de la mujer, nos inundó de esa moralina. Las manifestaciones, menos masivas que otros años, fueron ensalzadas por la televisión, que se llenó de homenajes, testimonios y datos que mostrarían su situación desmedrada, sin atreverse a mencionar siquiera el progreso que hemos tenido en Chile y el mundo en materia de derechos de la mujer. Otra vez, como en el 18 de octubre, la televisión no fue capaz de informar objetivamente sobre lo que ocurrió el 8 de marzo. Volvieron periodistas y rostros a hablar de manifestaciones pacíficas, mientras las pantallas mostraban como se prendía fuego a la catedral de Antofagasta, se intentaba una vez más derribar la estatua del General Baquedano con sofisticadas herramientas o se tomaba por asalto una comisaría de Carabineros en Rancagua. La violencia le ganó una vez más a la manifestación y los progresistas, ciegos frente a la verdad, no fueron capaces de condenarla, no vaya a ser que alguien piense que al hacerlo se muestran contrarios a la manifestación. El triste legado de esta semana es la cancelación de la figura del General Baquedano.

 Pero en esta dinámica, el progresismo cae en contradicciones evidentes dado el momento populista que vive el país antes de la Convención Constitucional. La diputada Pamela Jiles frente a la conmoción pública causada por las muertes de niños víctimas de balazos en asaltos cometidos por delincuentes se pronunció a favor de restablecer la pena de muerte, anatema para los progresistas. Los colectivos feministas, en su mayoría controlados por la izquierda dura, insultan impunemente y agravian a las mujeres carabineras durante las manifestaciones. Así, la pretensión del progresismo de superioridad moral se va a las pailas. Aquellos que honestamente han sostenido que un ideario progresista contribuye a favorecer a la humanidad con una acumulación civilizatoria deben sonrojarse ante estas contradicciones.

Como guinda de la torta, para confirmarnos que en todas partes se cuecen habas, en el Reino Unido asistimos a un espectáculo donde Meghan, la esposa del Príncipe Harry, se presenta como víctima frente a un supuesto racismo de la casa real, lamentando de paso la injusticia de haber sido privada de recursos fiscales por negarse a ejercer funciones ligadas a la monarquía británica. Una suerte de progresismo con fines de lucro.

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en La Tercera.-