¿Una nueva religión?

"Cuando las personas eligen no creer en Dios, no es que después de eso no crean en nada: son capaces de creer en cualquier cosa". Esta idea de Chesterton apunta a la necesidad imperiosa que tenemos los humanos de encontrar una narrativa que le dé un sentido trascendente a la existencia, un propósito que vaya más allá de la satisfacción de las necesidades materiales de subsistencia. El fin de la religión como principio orientador universal no lleva necesariamente al nihilismo, sino al reemplazo de ciertas verdades incuestionables por otras igualmente irrefutables. Así, en la revolución francesa se instituyeron ritos y liturgias para rendir culto a la Diosa de la Razón y los heréticos, como en la Inquisición, fueron condenados a morir.

Hoy surge una nueva religión, una nueva metafísica, más dogmática e intransigente, menos misericordiosa y compasiva, más divisiva y más peligrosa para nuestra libertad de pensamiento y de expresión. Se trata de la llamada "política de identidad" y de "interseccionalidad" , las cuales no se originan en las catacumbas, sino que reinan en gloria y majestad en la academia, en los campus norteamericanos, en universidades inglesas y en los medios de comunicación, todo lo cual no tardaremos en emular. Un punto central es que mantiene la vieja dialéctica marxista entre "oprimidos" (buenos) y "opresores" (perversos). Se trata de un nuevo marco teórico, cuyo fin último sería desnudar las formas de opresión de la cual serían víctimas ciertos grupos por su pertenencia a un género o raza, entre otros. En esta nueva hermenéutica, con bases neomarxistas, la lucha por el poder ya no estaría protagonizada por la 'burguesía' y el 'proletariado', y sería el resultado del predominio del patriarcado, del hombre occidental-blanco-heterosexual-capitalista, el cual debe ser destruido.

Así, las personas ya no son individuos únicos con identidades complejas e irrepetibles, sino que son definidos por su pertenencia a un grupo. Más aún, el género o la raza carecerían de toda base biológica y serían meros constructos imaginados por el patriarcado y, en consecuencia, susceptibles de ser derribados. Ya no se trata de que todas las personas tengan igual valor y dignidad al margen de su raza o color, sino que ciertos grupos serían superiores, pues poseen un conocimiento moral superior en razón de su condición de víctimas y, por lo tanto, son acreedores de actos de reparación positiva. Por ello, tienen el derecho a 'cancelar', a suprimir de la investigación y del debate cualquier teoría interpretativa que no reconozca sus verdades absolutas y a condenar como fanáticos, homofóbicos, sexistas, misóginos, racistas o transfóbicos a cualquiera que ose una interpretación alternativa. Con ello desaparece toda posibilidad de disenso o discusión libre. Es más, surgen nuevas jerarquías de superioridad, de acuerdo a cuántas discriminaciones sufre cada grupo, de modo que la mujer, afroamericana y homosexual ocupa la cúspide y el hombre blanco heterosexual representa un cáncer que debe ser erradicado. En suma, es una ideología que no permite la convivencia pacífica en una sociedad diversa y plural y lo que busca es imponer una nueva hegemonía.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de LyD, publicada en El Mercurio.-