HABÍA MÁS

El Gobierno ha entendido que la prioridad hoy día es suplir la falta de ingresos de los chilenos provocada por la paralización forzada de la actividad productiva a raíz de la pandemia. Se ha gastado una gran cantidad de recursos en ayudas sociales a las familias y empresas para que cubran sus necesidades básicas como alimentación y calefacción y para evitar despidos. Esta tarea, indispensable y cuya magnitud definitiva aun no es posible estimar (los recursos comprometidos alcanzan ya al 15% del PIB, una de las proporciones más altas en la región según el Banco Interamericano de Desarrollo) ha llevado a algunos a pensar que siempre habrá más recursos. Siempre hay alguien que se queda fuera de las ayudas, por burocracia, por errores o algún otro motivo y eso alienta a pedir más ayuda.

 Había más, repiten algunos cada vez que se entrega un nuevo beneficio, y esa lógica se aplica a todo tipo de demandas sociales. Lo más triste es que esta pulsión, entendible en alguien que esté sufriendo privaciones por la contracción de la economía, es alentada sin pudor por políticos, de distintos sectores, que supuestamente están llamados a una apreciación más reflexiva de las consecuencias de las políticas públicas y a tener en consideración el efecto que políticas fiscales muy expansivas tienen sobre la economía. Simplemente reaccionar diciendo había más, es una manera pueril de ver este tema.

Esta forma de ver las cosas ignora una cuestión fundamental: la capacidad de generar riqueza de un país se lesiona cuando se afectan los incentivos para emprender y para invertir. El desarrollo de la economía no es una cuestión estática, donde lo que se trata es meter la mano a un pozo para repartir recursos a diestra y siniestra. El crecimiento de la población y el legítimo deseo de acceder a un mayor bienestar, propios de nuestra condición humana, obligan a hacer crecer ese pozo a repartir, pues de lo contrario se producirá frustración y estancamiento. La historia económica está plagada de países que, por intentar apurar el proceso de repartir la riqueza sin preocuparse por producirla, terminan más pobres. Los países desarrollados son una excepción en el mundo, lo común es ser pobres o de ingresos medios; y la trampa de los ingresos medios se presenta justamente cuando los gobiernos empiezan a comportarse como ricos en materia de gastos, sin tener los recursos para eso. En ese sentido la economía de un país no es tan distinta a la de una empresa o incluso a la de un hogar. En una empresa y en una casa también podemos decir había más y gastar otro poco, pero todos sabemos cómo termina esa historia.

No hay atajos. Los que trabajan y ahorran más logran superar su condición y llegan a mejorar su bienestar. Frente a esa lección que nos da la experiencia y el sentido común, nuestros políticos debieran ser más deferentes.

 

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo de LyD, publicada en La Tercera.-