Partido Socialista: ¿guerra inconclusa?

Los entretelones de la acusación constitucional contra la Ministra de Educación Marcela Cubillos, gatillada desde el partido socialista, nos llevan a reflexionar acerca de la prevalencia de una guerra fría por la hegemonía de ese partido. La tesis a explorar es si, desde la defenestración de Ricardo Lagos que lo sacó de la política activa en esa oscura sesión del Comité Central del Partido Socialista en que proclamó a Alejandro Guillier como candidato a la Presidencia de la República, el partido ha quedado paralizado sin que haya surgido un liderazgo que reemplace al que botaron esa tarde.

Porque en ese abril del año 2017, en una votación secreta en que la mesa del partido encabezada por Álvaro Elizalde se la jugó porque no hubiera voto a mano alzada como pedían los partidarios de Lagos, se consumó el fin de la carrera política de la figura más destacada del socialismo desde Salvador Allende. Su derrota a manos de alguien que ni siquiera militaba en el partido y exhibía dudosas credenciales para liderar a la izquierda fue humillante. Sin embargo, en aquella oportunidad, el PS no tuvo un Marco Antonio que fuese capaz de aplacar los enojos contra los conjurados para matar al César, transformándose así en el sucesor de Ricardo Lagos en el liderazgo de la izquierda. Fue, en ese sentido, una victoria pírrica la que sacó a Lagos de la carrera presidencial.

Mirando los hechos con perspectiva, el único liderazgo equivalente en la izquierda y el partido socialista al de Ricardo Lagos era el de Michelle Bachelet. Lagos y Bachelet se han turnado en las últimas décadas en la disputa por la hegemonía de ese sector y lo han hecho sin contrapeso de terceros. Pareciera que por razones personales la ex Presidenta declinó ocupar un lugar en la primera línea de la política chilena y sin embargo, no sabemos por qué, tampoco parece haber soltado las amarras con quienes conducen hoy al PS. La falta de una figura que tenga características de liderazgo no esconde el hecho que igual, en la actualidad, el principal objetivo de la acción política del que ha sido históricamente el partido más influyente de la izquierda chilena parece ser cuidar el legado de Michelle Bachelet.

Y ello ha tenido su expresión más evidente en la acusación constitucional contra Marcela Cubillos. El encono mostrado contra la ministra sólo se explica por la forma valiente como defendió sus críticas a las políticas educacionales de la reforma de Bachelet, en temas como el de la admisión, por ejemplo. De una manera inexplicable, buena parte de la oposición consideró que cualquier crítica o diferencia política de Marcela Cubillos con las reformas de Bachelet era un abandono de sus deberes como ministra. Eso es absurdo: la ministra tiene la obligación de cumplir la ley y lo hizo con la debida diligencia, implementando las reformas con aún más celeridad y eficacia que sus antecesores. Pero al mismo tiempo tiene todo el derecho, como también lo hizo, a proponer reformas para corregir problemas en la ejecución de las políticas educacionales. Negarse a ello revela una mentalidad totalitaria, un desconocimiento de las características de la alternancia en el poder y una fijación un poco enfermiza de algunos políticos de la izquierda por defender el legado de Michelle Bachelet.

De ser cierta la tesis que esbozamos, son malas noticias para la izquierda, pues se ha quedado pegada en la defensa de un legado que no sólo es feble, sino que probablemente sea responsable en una parte no despreciable de la derrota de la izquierda. Recordemos que, hasta el final de su tramitación, iniciativas como la Ley de Inclusión tuvieron el rechazo de la mayoría de los chilenos.

Que la izquierda persista en la defensa del legado de Bachelet es, por su parte, una buena noticia para la derecha. Sobre todo si en el Frente Amplio, sin necesidad de hacerlo, sus dirigentes se hacen cómplices de la defensa de dicho legado, confirmando aquello de “la enfermedad infantil del izquierdismo” de la que se quejaba Lenin.

Quienes ganaron en esa jornada de abril de 2017 la nominación de Alejandro Guillier como candidato del Partido Socialista a las primarias presidenciales de la izquierda, propinando una derrota a Ricardo Lagos, sin duda lograron su objetivo de corto plazo. Ha demostrado ser, no obstante, una victoria con pocos frutos, y pareciera que la disputa por la hegemonía continúa.

 

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en El Líbero.-