El factor Boris

En un ritual que tiene como escenarios el Palacio de Buckinham, el Parlamento y la residencia de Downing Street 10, el día de ayer la Reina Isabel II le solicitó a Boris Johnson que forme gobierno en el Reino Unido como líder del Partido Conservador, luego de la renuncia de Theresa May.

Boris Johnson es alguien que tiene un alto concepto de si mismo. Su héroe es Winston Churchill y en el libro de su autoría, “The Churchill Factor”, el ahora Primer Ministro británico destaca en el subtítulo: “Cómo un hombre hizo historia”.

A falta de una guerra mundial, la manera de hacer historia que ha elegido Boris Johnson es el Brexit. Johnson admira de Churchill su audacia y su excentricidad, no cabe duda que las tiene, y su desafío será demostrar que también posee su coraje y su genio, cuestión nada de fácil. Pese a que su estilo le ha acarreado hasta el epíteto de payaso por parte de cierta prensa, Boris Johnson no tiene un pelo de tonto. Como pude comprobarlo personalmente hace dos semanas en un evento en el Daily Telegraph, donde también se presentaba su rival Jeremy Hunt, Johnson es un tipo muy inteligente, extremadamente rápido y de indudable carisma. La pregunta es si esas cualidades serán utilizadas para conducir al Reino Unido a una victoria épica o terminarán en una gran frustración para el pueblo británico.

El Brexit es complejo entre otras cosas porque más allá de los argumentos conceptuales para ser parte o no de la Unión Europea, una discusión llena de contenido político y muy pertinente, el Reino Unido ya es parte de ella, de manera que lo que importa hoy día es cuáles serán las consecuencias de salir de allí. Y ese divorcio está lleno de complejidades.

Conceptualmente lo que quisiera la mayoría en el Partido Conservador, Boris Johnson con ellos, es no estar sometidos a las leyes y decisiones políticas de la Unión Europea que limitan su soberanía al intervenir en la vida cotidiana de los británicos, pero sí beneficiarse de un acuerdo de libre comercio con los países del bloque. El problema es que probablemente otros integrantes de la Unión Europea quisieran lo mismo, de modo que aceptarle al Reino Unido ese estatus provocaría un éxodo que las autoridades de Bruselas no pueden aceptar. Eso es precisamente lo que impidió que Theresa May lograra un acuerdo de salida aceptable para ambas partes.

Pero como Boris Johnson cree que está para hacer historia, como Churchill, ha ofrecido a los británicos un Brexit antes del 31 de octubre, con acuerdo o sin acuerdo con la Unión Europea. El Brexit con acuerdo se ve extraordinariamente difícil por lo que comentábamos recién. El Brexit sin acuerdo provocaría un daño importante a Gran Bretaña. Los costos de transacción de negociar acuerdos de libre comercio similares al estatus actual con cada uno de los países de la Unión Europea son inmensos, por lo que esa puede ser una negociación tortuosa para Johnson a contar del 31 de octubre que le haga daño a su gobierno. Lo que arriesga en definitiva es una pérdida de confianza de la mayoría parlamentaria. Por eso su estrategia pareciera ser llamar a elecciones generales pronto, aprovechando el momento actual e inflamando el honor británico, cuestión que no parece muy difícil de hacer. El problema de esa estrategia es que lo que sigue puede ser cada vez peor, como dijo alguien por estos pagos. Volver a la opinión pública y tras ella al propio Boris Johnson contra el libre comercio sería una muestra de lo que puede venir peor.

Esto puede disimularse al principio, con declaraciones del tipo: “Como un gigante dormido, vamos a levantarnos y vamos a librarnos de la negatividad”. El problema es que este gigante es bastante más pequeño que el otro gigante: la Unión Europea. La economía de un solo país de la Unión, Alemania, es más grande que la del Reino Unido; y aunque los británicos en general se tienen mucha fe, igual que su nuevo Primer Ministro, es un hecho económico teórica y empíricamente comprobado que una economía más pequeña sufre más que una grande si se interrumpe o se ponen trabas al libre comercio.

Paradojalmente un aliado de Johnson en esta primera etapa puede ser la prensa progresista, que ya empieza a atacarlo por cuestiones accesorias y por ser políticamente incorrecto. La tentación de compararlo con Trump es irresistible para los periodistas de izquierda y la verdad es que Johnson, al menos estéticamente, da flanco para ello. A Boris le bastaría usar la misma estrategia de Trump, la provocación, para aumentar su popularidad entre gente que está cansada del discurso progresista.

A mi juicio Boris debe agregar otras cosas a esta estrategia oriental de usar la fuerza de su adversario para ganar la lucha. Y esas son cuestiones de fondo. Sabemos por ejemplo que una frontera física con la República de Irlanda puede ser intolerable para la población irlandesa que vive en el Reino Unido. Hasta ahora el tratamiento de Johnson de este tema ha sido superficial: con tecnología se puede arreglar sin necesidad del backstop que aceptó Theresa May y la hizo perder el cargo. Una cuestión de verdad, que le daría oportunidades a Boris Johnson para empezar bien su difícil tarea, sería aprovechar sus dotes de negociador para resolver el problema de la frontera con Irlanda que alejara todos los fantasmas que ese tema evoca. Bonito desafío.

 

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de LyD, publicada en El Líbero.-