Alto en… Productos con Sellos

Las masas demandamos ilusiones, pero si realmente queremos darles a los consumidores más herramientas debemos ser capaces de separar lo que contribuye de las quimeras.

A los chilenos nos gustan las etiquetas. En general tendemos a ponerle una a todo y a todos. También nos gustan los sellos distintivos para destacar conductas positivas que como sociedad valoramos.  Así, no es de extrañar que fuéramos uno de los primeros países en instaurar un exigente sistema de etiquetado y sello de alimentos, que ahora entra en su tercera fase y final. A diferencia de los sellos de “disciplina positiva” (como el sello Sernac o el Pro Pyme), los sellos negros de los alimentos y bebidas son como una letra escarlata; constituyen una advertencia de que el producto no sería saludable para incidir en nuestros hábitos de consumo y así combatir la obesidad. Recordemos que de acuerdo al último reporte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), publicado en 2018, Chile es la segunda nación con más personas con sobrepeso en la OCDE, siendo superado solamente por Estados Unidos. En 2016, Chile ocupaba el octavo lugar. Hemos empeorado, preocupantemente.

Cabe preguntarse cómo ha contribuido la ley de etiquetado de alimentos a los objetivos trazados en su diseño: reducir la obesidad e informar a la población. Respecto del primero, convengamos que se trata de una cuestión compleja que por sí sola la ley de etiquetado no resolverá. La reducción de la obesidad implica esfuerzos de largo plazo y una acción de política pública sistémica y multisectorial. Pero es innegable que las cifras de obesidad en nuestro país, en aumento, no son alentadoras y debieran instarnos a redoblar esfuerzos y a efectuar evaluaciones de impacto de las regulaciones vigentes.  Pero con la normativa de etiquetado de alimentos ocurre un fenómeno curioso; más que disposición a revisarla, se nos transmite exitismo y, cómo nos gustan las etiquetas, la de país modelo y pionero nos viene como anillo al dedo para mantener el statu quo. Sin embargo, la complacencia no es buena consejera; nos nubla el juicio y nos hace obviar las dificultades detectadas. Tampoco ayuda el que cada vez que se plantea una inquietud, ésta se descarte tras ser catalogada rápidamente de interesada, o porque contraría las “reglas de etiqueta” impuestas por lo “políticamente correcto”.

Todo en su justa medida: relevemos los efectos positivos generados por la regulación, pero no desconozcamos las dificultades detectadas, para corregirlas. Esa es la obligación de quienes diseñan políticas públicas. Por ello, valoro la petición que diversos diputados están efectuando al gobierno para evaluar la efectividad de la normativa. Desde que entró a regir, los productos envasados se han llenado, incrementalmente, de sellos negros “altos en” calorías, azucares, sodio y grasas saturadas. Hoy, más del 60% de los productos tiene sellos y en la tercera fase de aplicación, más exigente, el porcentaje aumentaría. Las encuestas de opinión, declarativas, realizadas por la autoridad indican que, en un alto porcentaje, las personas señalan reconocer los sellos y usarlos para comparar al comprar. Se ha generado conciencia sobre la materia, lo que es positivo. Pero si todos los productos terminan con sellos ¿cómo compararemos? ¿nos volveremos indiferentes al etiquetado? Además, tomar conciencia no es lo mismo que tomar decisiones bien informadas. El etiquetado frontal con sellos no entrega mayor información al consumidor y no permite diferenciar entre dos productos con sello y menos advertir si un producto sin sellos es realmente saludable. Recientes estudios de la Universidad Andrés Bello y de la Universidad del Desarrollo abordan esta materia. Por ejemplo, el estudio de la Universidad Andrés Bello revela inconsistencias en las etiquetas de alimentos envasados, generadas a partir del rotulado en base a 100 gr. o ml. Hay productos libres de sellos porque cumplen con los límites en cantidad de 100 gr. o ml, pero eso no significa que, en la cantidad contenida en el envase para consumo individual, que supera ese gramaje, no contenga una alta cantidad de nutrientes críticos. El consumidor siente alivio por un producto sin sellos, pero en realidad no sabe si es más saludable.

Le Bon y Freud decían que las masas demandamos ilusiones y no podemos vivir sin ellas; las masas no ansiamos la verdad. Pero si realmente queremos darles a las masas de consumidores más herramientas y enfrentar decididamente los problemas de obesidad debemos ser capaces de separar aquello que ha sido un aporte en la normativa de etiquetado de alimentos de las ilusiones. Exigir una evaluación de efectividad de los aspectos técnicos de la norma y su implementación es el primer paso.

 

Columna de Natalia González,  Subdirectora de Asuntos Jurídicos y Legislativos de LyD, Publicada en El Mercurio.-