Columna de Lucía Santa Cruz en El Mercurio: «Perdón. Más sobre lo mismo»

Hoy quisiera contrastar dos formas de pensar el pasado. Una, cuya función primaria es emitir juicios, ensalzar, condenar, alabar o denigrar, en general según las emociones y preferencias del autor. Y otra, en apariencia moralmente más escéptica, pero más racional, que intenta interpretar lo acontecido de acuerdo a todos los hechos conocidos y en toda su complejidad.

Los problemas de la primera historiografía son varios: implica aplicar criterios morales anacrónicos, juzgando el pasado de acuerdo a los valores del presente; supone un alto grado de maniqueísmo basado en la creencia de que la realidad solo tiene dos principios contrarios que se enfrentan: el bien perfecto y el mal total. Esto lleva a sus adherentes a interpretar la realidad en blanco y negro, sin matices, y a alinear a todos 'los buenos' (los que comparten mi visión) del lado de la luz y a todos los demás en el de las tinieblas. Pero demanda algo más, pues para interpretar el pasado de acuerdo a estos estrechos criterios, es necesario dejar fuera de la discusión múltiples condiciones y circunstancias. Finalmente, tiene un enfoque teleológico que presume que existen desenlaces predeterminados.

Sin embargo, los historiadores que nos permiten realmente entender la complejidad de los fenómenos históricos, su multicausalidad, sus contradicciones y ambigüedades, sus continuidades y sus cambios, han sido aquellos más bien asépticos y emocionalmente más distanciados. Esto nos demuestra que en la historia, como en la ciencia, el frío raciocinio es mejor consejero que la pasión.

Volviendo a ese 5 de octubre de 1988. Un plebiscito es, por definición, binario y ese es uno de sus problemas, porque debe reducir la respuesta sobre temas multifacéticos a un simple Sí y No, y ello ineludiblemente conduce a un debate bipolar. Así, encrucijadas tan importantes y enmarañadas como el tránsito de una dictadura hacia la democracia son reducidas a una mera simplificación.

Al contrario de lo que hoy se pretende, entre los extremos que favorecían incondicionalmente el Sí o el No, había una gama inmensa de preferencias y opciones, muchas veces fluctuantes, y un razonamiento dificultoso y problemático. Hasta muy tarde, no existía acuerdo en la oposición ni respecto de los objetivos ni de las estrategias. Para unos, la disyuntiva era democracia o dictadura, pero para otros el eje que primaba era socialismo o capitalismo, porque una democracia que no garantizara el retorno al socialismo seguía siendo simplemente 'burguesa y formal'.

Sabemos que el Partido Comunista planificaba la vía armada. Sin embargo, olvidamos que muchos otros favorecían hasta muy poco antes 'la insurrección popular', 'la profundización de la lucha de masas', 'la división de las Fuerzas Armadas para negociar con ellas sin Pinochet', 'la instalación de un Gobierno Provisional que asuma tareas de democratización de las Fuerzas Armadas' y en el cual 'no será posible que distintos proyectos compitan inmediatamente', y promovían 'la creación de condiciones prerrevolucionarias a través de la ingobernabilidad para hacer imposible que la dictadura gobierne', entre otros objetivos igualmente ominosos.

Me consta que esa fue una razón por la cual la decisión para muchos fue difícil; muchos estaban internamente divididos en un 50% a favor del Sí y un 50% a favor del No; el proceso que los llevó a inclinarse por ese 1% que los condujo a votar por una u otra opción fue el resultado de una reflexión política seria, enfrentando dilemas morales complicados y que, en definitiva, dependió de una evaluación respecto de la posibilidad real de la Concertación de ofrecer gobernabilidad y un tránsito a la democracia en paz. Unos, felizmente, se equivocaron en su juicio, pero eso no necesariamente los sitúa en el lado de las tinieblas.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-