LA RECONSTRUCCIÓN DE LA CENTRODERECHA

A CONTINUACIÓN, REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE JOSÉ FRANCISCO GARCÍA, COORDINADOR DE POLÍTICAS PÚBLICAS DE LYD, PUBLICADA EN VOCES.

Podría pensarse que tras el cambio de mando hoy entre un saliente Presidente Piñera y la entrante Presidenta Bachelet, la centroderecha –que en el cambio de mando anterior ingresaba a la sede del Congreso Nacional como Coalición por el Cambio y hoy saldrá sólo como Alianza– comenzará una larga travesía por el desierto. Grave error de diagnóstico: para quienes ven la realidad política del país con algún grado de objetividad, están todos los elementos para que la centroderecha cumpla no tan sólo un papel relevante como oposición, sino asimismo, comience, desde hoy, a construir su opción para llegar a La Moneda en marzo de 2018. En este sentido, me parece hay cuatro cuestiones que considerar.

En primer lugar, la centroderecha debe volver al espíritu de ser una Coalición por el Cambio, dejando atrás la Alianza. La Coalición por el Cambio fue capaz de integrar elencos y figuras que estaban vinculadas a la Concertación. No es descabellado, pensando, por ejemplo, en las fuertes diferencias existentes entre la DC y el PC en materia de derechos humanos o entre maximalistas y moderados en materia constitucional que en estos años algunos sectores de la centroderecha con algunos sectores moderados de la Nueva Mayoría vayan tomando decisiones en conjunto en temas relevantes en el Congreso Nacional. La totalidad de la centroderecha debe estar abierta a que ciertos sectores busquen acuerdos con dichos sectores moderados. El error sería que, de manera oportunista, sectores de la centroderecha pactaran con la Nueva Mayoría en su conjunto o en particular con los sectores maximalistas. Llegar a acuerdo con moderados, no es sólo simbólico, sino que demuestra una segunda cuestión: el necesario pluralismo que debe existir bajo la coalición de centroderecha.

En efecto, la centroderecha es un proyecto amplio que reúne tanto a liberales, libertarios, y conservadores, como a progresistas y socialcristianos. Se trata de una constelación vario pinta de afluentes y tradiciones intelectuales, que comparten ideas fundamentales en torno a la dignidad humana; la libertad y la responsabilidad individual (indisolublemente ligadas);  un rol eminentemente subsidiario del Estado, que busca potenciar las capacidades creadoras del ser humano, no ahogarlas, que fomenta la solidaridad, la justicia y el sentido de comunidad, la sociedad civil; el valor del mérito, del esfuerzo personal, la movilidad social y el combate radical contra la desigualdad de oportunidades; simpatiza con mercados libres, que operan bajo mucha competencia, con reglas justas, que promueven el fair play y sobre la base de la confianza, por sobre economías centralizadas o en la que el Estado decide qué sectores deben desarrollarse arbitrariamente; valora la democracia constitucional, el Estado de Derecho, y la igualdad ante la ley; etc. No hay que estar de acuerdo en cada una de estas ideas y en magnitudes exactas, sino en sus núcleos fundamentales, dejando obviamente de lado acuerdos sobre cuestiones instrumentales, o que también forman parte de decisiones en torno a algunos de los temas llamados “valóricos”, donde, por lo demás, típicamente los propios partidos dejan en libertad de acción a sus parlamentarios. Por lo demás, la diversidad intra-coalicional se amplifica con una serie de organizaciones, movimientos, centros de pensamiento, figuras intelectuales que interactúan junto a la centroderecha política, desde la denominada sociedad civil.  Enriquecerse y robustecer dicha coalición de la sociedad civil es fundamental para el futuro de la centroderecha política.

Tercero, la existencia de una cultura de pluralismo y diversidad tiene que ir de la mano de institucionalizar a la centroderecha política; ello adquiere aún más importancia si se integra un tercer partido a la UDI y RN, o movimientos –acostumbrados a formas menos rígidas–. Existen diversas experiencias en las centroderecha en el mundo, diversos acuerdos de integración institucional con intensidades y formatos diversos, pero también incrementales. La reciente experiencia de gobierno demostró la necesidad de aquello: las reuniones del comité político con las directivas de los partidos cada lunes era fundamental para la acción colectiva. Lo relevante es empezar a estudiar diversos marcos de institucionalidad coalicional. Instituciones como las primarias, por ejemplo, son parte del tipo de arreglo institucional que permiten resolver diferencias de modo virtuoso.

Finalmente, la centroderecha aprendió en sus 20 años de oposición que son importantes los tonos, formas y matices que se adoptan en tanto cual. Fue exitosa cuando fue constructiva, y fue proactiva para los grandes acuerdos. Fue exitosa también cuando tuvo que ser firme en las denuncias, de lo que hoy se llaman malas prácticas –y ayer derechamente corrupción–, fiscalizando. No lo fue cuando la ciudadanía percibía intereses mezquinos de corto plazo. Ello ha llevado, por ejemplo, desde la UDI a acuñar el concepto de ser una oposición justa. Se han puesto sobre la mesa tres reformas profundas: tributaria, educacional y constitucional. La oposición debe estar abierta a la discusión, y poner proactivamente sus propuestas sobre la mesa. Será una prueba relevante para la centroderecha de mostrar su proyecto de sociedad, que es legítimamente diferente al de la Nueva Mayoría. Construir esa identidad será relevante para el electorado.

Buena parte del éxito de avanzar en cuestiones como las anteriores, dice relación con actuar de manera unitaria, de lo contrario, como advertí hace algún tiempo, la falta de unidad podría conducir a la fragmentación y de ésta a la irrelevancia hay sólo un pequeño paso.