ALERTA CONCEPTUAL: POLARIZACIÓN POLÍTICA

La polarización política ha ido configurándose en Chile a lo largo de un ciclo marcado por oscilaciones cada vez más intensas. A partir de la presidencia de Bachelet en 2006, cada traspaso posterior ha significado una alternancia entre sectores opuestos, como un "péndulo político". Sin embargo, lo que distingue al período reciente no es la alternancia en sí, sino la progresiva dificultad para construir acuerdos que trasciendan la frontera entre ambos bloques. Tras el estallido de 2019, este péndulo parece haberse acelerado. Un plebiscito constitucional con un 78% de apoyo al cambio derivó en una Convención Constituyente de marcada orientación de izquierda, cuya propuesta fue rechazada. El segundo intento, con un Consejo Constitucional de mayoría de derecha, corrió la misma suerte. En ambos casos, el sector que controló el proceso no logró producir un texto que resultara aceptable para la mayoría de los ciudadanos.

La elección presidencial de 2025 entre Jeannette Jara y José Antonio Kast expresó nuevamente esta dinámica, pero con particular intensidad. Según la Encuesta LEAS UAI-CNEP2, el índice de polarización afectiva3 alcanzó 6,7 puntos en una escala de 0 a 10, el registro más alto desde que la serie se aplica en Chile: 3,6 en 1993, 4,5 en 2017 (Piñera-Guillier) y 3,9 en 2021 (Boric-Kast). En apenas cuatro años, la polarización afectiva creció más de un 70%. El hallazgo tiene además dimensión internacional. Entre las elecciones medidas por la red CNEP desde 2020, la chilena registra el segundo mayor nivel de polarización afectiva, superada solo por Estados Unidos en 2024 (Trump-Harris, 7,14) y por delante de Argentina 2023 (6,63) y Brasil 2020 (6,32).

Para comprender la naturaleza de este fenómeno, resulta útil la distinción que ofrece la literatura académica entre dos dimensiones de la polarización. La primera es la polarización ideológica, que refiere al distanciamiento progresivo en las preferencias de política pública entre los partidarios de cada sector, donde los adherentes de cada bloque adoptan posiciones cada vez más alejadas entre sí sobre el rol del Estado, las políticas sociales o el modelo económico (Webster y Abramowitz, 2017). La segunda es la polarización afectiva, que captura la antipatía, desconfianza y distancia social que los partidarios de un sector sienten hacia quienes se identifican con el bando contrario (Iyengar, Sood y Lelkes, 2012). Lo distintivo de esta segunda forma es que el rechazo no requiere un desacuerdo sustantivo sobre políticas concretas, sino que puede activarse por el solo hecho de percibir al otro como parte del grupo opuesto.

Dichos autores fundamentan esto en la teoría de identidad social de Tajfel (1970). Se trata de una aproximación desde la psicología social, según la cual la identidad social es aquella parte del autoconcepto que proviene de la pertenencia a grupos sociales, junto con el significado emocional y el valor que se le otorga a dicha pertenencia. Bajo esta lógica, la sola identificación con un grupo basta para generar sentimientos negativos hacia quienes son percibidos como parte del grupo rival, sin que medie necesariamente un desacuerdo sobre políticas concretas. En la elección de 2025, esta dimensión afectiva se manifestó en una parte de quienes votaban por Jara argumentando que lo hacían para rechazar el fascismo, mientras que parte de quienes votaban por Kast aseguraban que nunca entregarían su voto al comunismo.

La polarización, sin embargo, no solo se profundiza desde la base electoral. Palonen (2009) propone entenderla también como un mecanismo que las élites políticas articulan para demarcar fronteras entre un "nosotros" y un "ellos", constituyendo dos campos que se sostienen más por su oposición mutua que por un contenido programático estable.

Este fenómeno, tanto en su dimensión afectiva, como en la estratégica, se sostiene a través de diversos mecanismos. Uno de ellos es el alineamiento partidario, un proceso por el cual los simpatizantes de cada sector se vuelven internamente más homogéneos en sus posiciones ideológicas, consolidando la percepción de una frontera clara entre ambos bandos (Levendusky, 2009, citado en Iyengar, Sood y Lelkes, 2012). A nivel de las interacciones cotidianas, Baldassarri y Bearman (2007) muestran que las personas tienden a discutir temas políticos con interlocutores ideológicamente afines, generando entornos donde las posiciones propias se refuerzan y la percepción de división se amplifica. Además, el entorno digital ha potenciado estas tendencias, ya que los algoritmos de las plataformas tienden a exponer a cada usuario a contenido afín a sus posiciones previas, mientras quienes interactúan en esos espacios suelen compartir la misma orientación política, configurando lo que la literatura denomina cámaras de eco (Barberá, 2020; Conover et al., 2011).

La polarización que atraviesa la sociedad chilena responde, en definitiva, a un entramado de factores ideológicos, afectivos y estratégicos que configuran un escenario donde la convivencia democrática enfrenta desafíos significativos. El registro de 6,3 puntos en polarización afectiva no es solo un dato académico, sino la expresión medible de una fractura que ha marcado los últimos tres ciclos electorales y que condiciona la capacidad del sistema político para procesar reformas de largo plazo.

El presente texto corresponde a una sección del Informe de Coyuntura Política N° 49 - julio 2026


2 LEAS UAI–CNEP (2025). Encuesta de Opinión Pública: Comparative National Elections Project. Laboratorio de Encuestas y Análisis Social, Universidad Adolfo Ibáñez.

3 El índice de polarización afectiva del LEAS UAI mide las respuestas emocionales que generan los candidatos enfrentados, hace esta medición en tres olas, antes durante y después de las elecciones. Mide la respuesta emocional en una escala de 0 a 10, utiliza los instrumentos estandarizados del Comparative National Elections Project (CNEP), red internacional activa en más de 30 países desde 1990. En Chile se ha aplicado en 1993, 1999, 2017, 2021 y 2025.

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