La “luna de miel presidencial” es comprendida como un intervalo de gracia, tradicionalmente asociado a los primeros cien días, en el que el mandatario electo goza de una alta aprobación y una relativa tregua legislativai. Este fenómeno, sin embargo, ha dejado de ser un periodo de mera cortesía republicana para transformarse en una ventana crítica de legitimidad en el ejercicio de las facultades del Ejecutivo al inicio de cada Gobierno. En la “era de la inmediatez”, la buena salud política de un Gobierno ya no depende únicamente de su legitimidad de origen, sino de su capacidad de “delivery”, entendida como la entrega efectiva y rápida de resultados que satisfagan las demandas ciudadanas. Así, la confianza en las instituciones hoy es contingente y se desplaza desde el apoyo difuso hacia una evaluación transaccional basada en la eficacia operativa del Estadoii.
La evidencia en Chile confirma una aceleración drástica en la erosión de este capital en los últimos periodos presidenciales. Mientras que en su segundo mandato el Presidente Sebastián Piñera vio agotarse su ventana de gracia hacia el quinto mes tras la caída de las expectativas económicas y una serie de desafortunadas declaraciones de sus ministros, Gabriel Boric enfrentó el quiebre de su luna de miel en apenas cuarenta días, marcado por una instalación deficitaria y una rápida desafección con la impronta de su Gobierno.
Pareciera ser que factores externos, tales como el incremento del precio de los combustibles producto de la guerra y su impacto en la economía nacional, pueden constituir un factor que gatille una obsolescencia prematura de la luna de miel de la administración de José Antonio Kast. El tiempo político se ha comprimido. En un entorno donde la ciudadanía demanda soluciones "aquí y ahora" junto con altas expectativas, el éxito del mandato depende de que el imperativo del delivery se materialice antes de que el entusiasmo electoral sea devorado por la impaciencia social.
Esta fragilidad se ve agudizada por la consolidación del votante obligado, un actor que procesa la información política mediante estrategias de baja elaboración cognitivaiii. Este nuevo electorado utiliza atajos heurísticos para evaluar al Gobierno, dejando de lado programas doctrinales o posiciones ideológicas, tomando una mayor preponderancia la percepción de "entrega" en áreas críticas como seguridad y orden.
Para un Gobierno que ha cimentado su narrativa en responder a una serie de emergencias ciudadanas, la luna de miel depende principalmente de la capacidad de lograr dar respuestas a estas demandas, con logros concretos en un breve periodo de tiempo. Por ejemplo, si los resultados en control territorial frente al avance del crimen organizado y gestión migratoria no son tangibles en el corto plazo, el votante retirará su apoyo con la misma celeridad con la que lo entregó, transformando la esperanza inicial en una crisis de expectativas.
Finalmente, la gobernabilidad del periodo inicial se ve amenazada por la tentación de la oposición de comportarse de manera “desleal”, fracturando la confianza institucionaliv. Cuando la oposición transita desde la fiscalización hacia la deslegitimación, la luna de miel desaparece aún más rápido para dar paso a un juego de suma cero, donde el gran perdedor siempre es el Gobierno en ejercicio.
El presente texto corresponde a una sección del Informe de Coyuntura Política N° 45 - marzo 2026
i Navia y Perello (2019). One-Night Stands and Long-Term Commitments: Presidential Approval for Sebastián Piñera in Chile, 2009-2014.
ii Ramírez (2025). Democracia y delivery: la legitimidad política en la era de la inmediatez https://lyd.org/wp-content/uploads/2025/09/SIP-203v4.pdf
iii Lau et al (2001). Advantages and Disadvantages of Cognitive Heuristics in Political Decision Making.
iv Linz J. (1978). The Breakdown of Democratic Regimes: Crisis, Breakdown and Reequilibration. Johns Hopkins University Press.