EL DÍA DE LA LIBERTAD EN PERSPECTIVA

Reproducimos la columna de Jorge Acosta, Instituto Res Publica; Gonzalo Blumel, Fundación Avanza Chile; Antonio Horvath G., Instituto Libertad; Jorge Jaraquemada, Fundación Jaime Guzmán; Axel Káiser, Fundación para el Progreso; Luis Larrain, Libertad y Desarrollo; y Hernán Larrain M., Horizontal.

Hace exactamente 25 años el mundo se conmovió y celebró cuando se produjo la caída del Muro de Berlín, que separaba a las “dos Alemanias”, construido arbitrariamente por el totalitarismo comunista en 1961. Mirar el momento histórico es valioso pero insuficiente. También debe constituir una gran oportunidad para pensar nuestro presente y futuro.

Desde que se dividió el territorio alemán después de la Segunda Guerra Mundial, y cuando se consolidó en el Este de Berlín un socialismo real, de inmediato se produjo algo que se ha repetido en muchas sociedades que viven la ausencia de libertades: numerosos habitantes del Este, especialmente jóvenes, tomaban sus escasas pertenencias y partían a buscar mejores horizontes a Occidente, donde se encontraba la “otra Alemania”, tan denostada por el comunismo, pero donde las personas comunes y corrientes encontraban mejores condiciones de vida y, sobretodo, libertad. Precisamente para eso se construyó el Muro: para que los alemanes orientales no pudieran huir, para que estuvieran presos en su propio país. Se le llamó, y con razón, el Muro de la Vergüenza. Ahí numerosas personas perdieron la vida tratando de huir, fueron asesinados cuando abrigaban la esperanza de días de libertad y fueron detenidos por el delito de querer mejores oportunidades de vida.

El 9 de noviembre de 1989 se produjo un verdadero milagro. En pocas horas se autorizaron los viajes al exterior y rápidamente miles de alemanes orientales se trasladaron al Muro. Los guardias esta vez no dispararon y el sistema construido sobre la violencia fue incapaz de sobrevivir. La historia cambió para siempre, como lo ilustraban las caras de alegría que se combinaban con lágrimas emocionadas por el reencuentro de familias partidas por el Muro.

Los efectos de ese día fueron globales: las sociedades que se organizaban sobre la base de la libertad política y económica pasaron a ser admiradas y luego imitadas en muchos rincones del planeta por otras que descansaron por décadas en el poder del Estado, el control de los ciudadanos, el desprecio a la iniciativa privada y la ausencia de pluralismo. La utopía revolucionaria de los socialismos reales se desvaneció en el mundo entero, encontrando refugio para su agonía sólo en unos pocos Estados.

Sin embargo, nada de esto debe darse por logrado para siempre. La libertad es una batalla que debe darse permanentemente. La misma caída del Muro de Berlín, impensable unos años antes que ocurriera, demuestra que la historia siempre ofrece oportunidades y cambios, que así como se puede consolidar la prosperidad de un sistema, también se puede abrir el camino a la decadencia. Aunque hoy la realidad es distinta, Chile enfrenta una disyuntiva entre fortalecer las bases de nuestro desarrollo o volver a las viejas recetas del Estado interventor.

Después de numerosos experimentos y de largos años de vivir en una consistente mediocridad, hemos logrado pasar de la pobreza –aunque a veces los más pobres resultan olvidados y tenemos todavía mucho por hacer– a una situación que nos abre las puertas al desarrollo y de tener oportunidades restringidas a una clara ampliación de las posibilidades de progreso personal y social. Nuestras instituciones democráticas, una cultura de respeto a los derechos humanos y la apertura de nuestra economía son admiradas en el mundo entero.

Si bien hay sectores políticos en nuestro país que aún no realizan una genuina reflexión sobre lo que significó el Muro de Berlín, el día de la Libertad hoy no tiene dueño; es patrimonio de la humanidad. En un mundo que probó numerosas recetas de desarrollo, la caída del Muro demostró que las posibilidades de la libertad eran superiores a las ofertas del socialismo y que la lucha de tantos años por conseguir derribar esa vergüenza, bien valió la pena ante la posibilidad de construir una sociedad verdaderamente justa y libre, a la que los chilenos también aspiramos.