31 de diciembre de 2017

Lucía Santa Cruz: “La falta de oportunidades educacionales es el gran escollo para tener un país más justo”

La profunda transformación que ha experimentado la sociedad chilena producto del crecimiento económico y de la introducción del mercado, con sus consecuentes cambios sociales, siendo la revolución más importante de las últimas décadas, es bastante ignorada. La constatación de este hecho fue lo que motivó a la historiadora y miembro del Consejo de LyD, Lucía Santa Cruz a escribir La Igualdad Liberal, libro recientemente lanzado por EdicionesLYD. “Este cambio nos ha llevado a dejar atrás lo que era la sociedad tradicional, donde el origen social o la filiación a grupos políticos determinaban los destinos. Nos ha permitido avanzar hacia una sociedad moderna, con todas sus complejidades, pero que, en definitiva, significa que las personas deben ser premiadas por sus méritos, por sus contribuciones personales, y no por su origen“, explica.

La historiadora asegura que estos grados mucho mayores de movilidad sociales se manifiestan, por una parte, en el tránsito de millones de chilenos desde la pobreza a una clase media con mejores condiciones materiales de vida, con una nueva conciencia de sí misma, con fuerte sentido de sus derechos y con niveles muchos más altos de educación que sus padres. Por la otra, en la creación de una nueva élite que, en una gran mayoría, no es heredera de privilegios de sus padres, sino que ha forjado su lugar por su propio esfuerzo. “Hoy hay desigualdad, pero en la medida en que depende de los méritos, es más justa que aquella que era principalmente heredada”, sentencia.

¿Qué fenómeno se ha introducido en nuestra sociedad que ha llevado a que el progreso económico – de la mano de la economía de mercado- aparezca como algo totalmente contrapuesto a la igualdad?

Se me ocurren varias razones. Primero, somos muy proclives a hacer propios los slogans y lugares comunes que se repiten y se reiteran y uno de ellos, y el más potente en el último tiempo, es que Chile es el país más desigual del mundo, que es cada vez más desigual y que ello se debe a la economía de mercado. Esto se ha transformado en un verdadero mantra que repiten hasta algunos políticos de derecha. Nada de esto es verdad. Por supuesto que hay mucha desigualdad en los ingresos, pero ésta está disminuyendo en la medida en que se incorporan a la fuerza laboral nuevas generaciones que en vez de los 4 o 5 años de escolaridad de sus padres tienen 12 o 13. Pero lo más importante es que en todos los otros parámetros Chile es cada día menos desigual y hay menos brechas entre pobres y ricos: mortalidad infantil, expectativas de vida, años de escolaridad, acceso a la educación superior, al consumo, a bienes de todo tipo, al ocio, a la entretención, a los viajes, etc.  Estos avances significan que las personas se saben y se sienten iguales y exigen un trato de acuerdo a su igual dignidad.

¿Qué factores influyen en la desigualdad?

Tanto el deseo de mayor igualdad como la desigualdad objetiva son rasgos permanentes en la historia. La igualdad no es una situación empírica, sino una aspiración moral que en la modernidad hemos ido avanzando enormemente, especialmente por la consagración de la igualdad ante la ley y una organización social que ya no depende -como en las sociedades estamentales previas a la Revolución Francesa y al surgimiento del pensamiento liberal- de la “adscripción” como dicen los sociólogos y que se refiere al origen por nacimiento, sino que a las contribuciones personales. Por eso las causas de la desigualdad son múltiples: nos guste o no nos guste los padres transmiten a sus hijos caraterísticas genéticas, lo cual no es lo mismo que decir que éstas son deterministas, porque los seres humanos somos el producto de una transacción entre herencia y entorno. Como afirmo en el libro: los seres humanos diferimos no solo en características externas, también en la situación económica que heredamos, el capital social familiar, la formación cultural, la edad, sexo, grado de proclividad a la enfermedad física o mental, habilidades físicas o intelectuales, talentos, grados de empatía, disposiciones, voluntad, estados de ánimo, estructuras de personalidad, patrones de consumo, opiniones, estilos de vida, valores, actitudes, comportamiento político, fertilidad, mortalidad, etc. Y todos estos factores, incluida la suerte, influyen en nuestro devenir y en nuestros destinos. En otras palabras, llevan a desenlaces distintos. Y si eso no nos gusta ¿qué podemos hacer? El problema es que tratar de imponer la igualdad ante estas desigualdades iniciales requiere de una ingeniería social monstruosa y cada vez que se ha intentado ha sido a un costo en libertad y vidas humanas inaceptables y por lo demás, tampoco se han logrado los objetivos.

¿Dónde está la verdadera y más importante desigualdad? ¿En la educación, en los ingresos o en el consumo?

Los seres humanos tenemos características innatas distintas y talentos diferentes. Lo importante es que los talentos requieren desarrollarse y el instrumento insustituible para eso es la educación. Si una persona inteligente es dejada en una habitación oscura, sin estímulos, sin conocimiento, sin pensamiento, sin lenguaje, jamás podrá expresar esa inteligencia y se atrofiará. Por eso, a mi juicio, la falta de oportunidades educacionales es el gran escollo para tener un país más justo. En el mundo moderno los ingresos, el consumo, están altamente determinados por el conocimiento, la información y todo aquello que solo la educación puede entregar.

¿Cuál es la desigualdad moralmente aceptable?

La desigualdad tiene naturalezas distintas y yo creo que legitimidades morales diferentes. La desigualdad que es el producto de privilegios heredados, de malas prácticas empresariales, de falta de oportunidades educacionales o de las decisiones arbitrarias de los gobiernos tienen mucho menor legitimidad moral que aquellas que surgen de los méritos y contribuciones, talentos y esfuerzos personales.  Todos los estudios de opinión así lo demuestran.

¿Cuánto hay que intervenir para resolver la desigualdad? ¿Dónde está el límite?

Yo no creo que necesariamente el objetivo deba ser disminuir la desigualdad en sí misma. Ella sería muy fácil de eliminar eliminando a los ricos. Si nos deshacemos del 1% más rico tendríamos el Gini perfecto, pero ciertamente no estaríamos mejor. La riqueza en el mundo moderno no está dada ni tiene existencia previa, lista para ser distribuida: debe ser creada. Los que tienen menos no tienen menos, porque se les haya arrebatado algo, sino porque no se ha creado suficiente. La pobreza no se debe a que haya riqueza, sino a que no hemos creado suficiente. Solo cuando Chile fue capaz de crecer, de aumentar significativamente el producto es que pudimos disminuir la pobreza. A diferencia de antes, del capitalismo y de la revolución Industrial -cuando la riqueza era estática y se limitaba prácticamente a la tierra y, por lo tanto para tener había que quitarle a alguien- hoy la economía moderna no es un juego de suma cero.  Lo que hay que resolver es la existencia de muchas personas, en Chile más de dos millones, que carecen de las condiciones materiales mínimas para ejercer su igual dignidad y desarrollar los talentos que Dios les dio. ¿Cuáles son las condiciones mínimas? Las fronteras no son fáciles de definir porque dependen de las condiciones materiales generales del país. Los derechos para ser tales no pueden ser teóricos o abstractos, sino que deben tener aplicación práctica. En otras palabras, deben poder financiarse. A mí me gusta la definición que da Adam Smith respecto a los mínimos necesarios: “aquello que las personas necesitan para presentarse con dignidad frente a sus semejantes”. Y eso va cambiando en el tiempo.

 

EL VERDADERO DESARROLLO PERSONAL

¿Cuáles son las nuevas formas de movilidad existentes hoy en Chile y qué obstáculos que enfrentan?

Lo principal es que la desigualdad en los ingresos no es atribuible a ningún modelo de desarrollo específico y mucho menos aún, al sistema de mercado, que es precisamente lo que ha permitido estas mejorías recientes. Ello obliga a buscar sus verdaderas causas, y todo indica que, en un mundo donde los ingresos están ligados al conocimiento y la capacidad, el único instrumento eficaz para disminuir las brechas es la educación. Hoy día los malos rendimientos de los establecimientos educacionales que administra el Estado es una causa principal de la falta de movilidad social. Esto se ha agravado con las recientes reformas que han suprimido, en la práctica, los liceos emblemáticos que eran una fuente principal de movilidad social en las élites. Y una élite diversa y móvil es muy importante para una sociedad. El cuello de botella para lograr la aspiración que todas las personas ocupen el lugar en la sociedad para el cual sus talentos los capacitan es, sin lugar a dudas, la falta de calidad del sistema educacional del Estado.

¿Cómo el intento de imponer constitucionalmente los derechos sociales,  como el alimento, abrigo, vestimenta, cuidado médico y educación, entre otros, se contrapone al desarrollo de las personas?

Esa aspiración, a mi juicio, no solo impracticable, sino que solo se justifica si se considera que la igualdad absoluta es el único bien deseable, así ella lleve a mayor pobreza. Mi sentido de lo que es justo es otro: que cada persona pueda desarrollar la totalidad de su potencial, así ello conduzca a resultados distintos. Los verdaderos derechos son otros y son aquellos que realmente son universales e irrenunciables, como la libertad de pensamiento, de expresión, de religión, de propiedad, de asociación, de movimiento, de elegir a quienes nos gobiernan. Estos no son contingentes a los ingresos de un país y tienen aplicación universal. En un contexto moderno, donde la riqueza hay que crearla, se requieren personas libres, moralmente responsables por sus destinos, capaces de manifestar su creatividad y espíritu innovador y ello requiere libertad y no la presunción de un Estado omnisciente capaz de resolver todos los problemas que los individuos no pueden resolver por sí mismos. Ese sistema necesita un régimen de premios e incentivos que el mercado otorga.

La historiadora hace hincapié en que no somos individuos aislados que debemos velar solo por nuestro propio bien. “Pertenecemos a una comunidad, necesitamos de los otros para colaborar con ellos, nuestros destinos están entrelazados y , por supuesto es tarea de la colectividad, organizada a través del Estado, hacerse cargo de quienes no pueden acceder al desarrollo personal por sí mismos. Y muchas veces, en aras de imponer estos “derechos sociales” universales ellos, los más débiles, son los más olvidados. Así fue en el Estado Bienestar que se intentó crear en el siglo XX en Chile, cuando los más fuertes, gracias a su poder de presión, se apropiaron de la mayoría de los beneficios y “derechos”, como la educación superior “gratuita” que permitió educar al 3% de los más ricos y favorecidos, que se apropiaban de casi la mitad del presupuesto educacional mientras el promedio de escolaridad de los niños de Chile era de 4 o 5 años, dejando una secuela de pobres y de miseria.

Fuente: Revista LyD.-