Nuevo ciclo en la política chilena

El Líbero

José Antonio Kast comienza su período presidencial con la oportunidad de inaugurar un nuevo ciclo virtuoso en la política chilena. No es una tarea fácil (tenemos el partido comunista más activo e influyente del mundo libre) pero se dan ciertos elementos en la política chilena e internacional que podrían ayudar a configurar un escenario propicio para tan noble propósito.

El primero a mi juicio es la determinación con que el nuevo Gobierno empieza su mandato. El Gobierno de emergencia lo obliga a actuar con un ritmo que no hace concesiones a las excusas que han llevado a la mediocridad a nuestro país. La crisis de seguridad en nuestras calles, la falta de oportunidades de empleo y un Estado que pone obstáculos al crecimiento, el derrumbe de la disciplina fiscal, dan un sentido de urgencia al Gobierno que es muy saludable. Para esa tarea, contrariamente a lo que revelan las amenazas de la izquierda, Kast tendrá el apoyo de la mayoría del país. Será su responsabilidad, y la de sus partidarios, aprovechar esa buena disposición. Sus primeras señales son alentadoras. El elenco de profesionales que ha escogido para secundarlo en esta tarea combina la excelencia con la experiencia de gobierno y para ello Kast no ha escatimado generosidad política al recurrir a ministros y otros personeros de la ex Concertación y de las administraciones de Sebastián Piñera, o al concurso y/o el consejo de destacadas y destacados servidores públicos, desmintiendo aquello del Gobierno de ultraderecha y postergando a veces las legítimas aspiraciones de su partido. Aquí se viene a servir a Chile y no a servirse del Estado parece ser la consigna.

El segundo factor que colabora es un nuevo espíritu que parece animar a la ciudadanía en relación con la probidad y las exigencias al Estado. A la hora de evaluar los servicios que el Estado entrega a los ciudadanos vienen a la memoria los desfalcos al Fisco realizados por fundaciones afines al Gobierno de Boric, el abuso de miles de funcionarios, como aquellos que viajaron al extranjero mientras recibían el pago de licencias médicas. Hay un nuevo umbral de tolerancia para todo ese tipo de abusos, un efecto Dorothy podríamos llamarlo, que exige un nuevo estándar en esta materia y que en el imaginario colectivo produce una conexión neuronal con los miles de millones de dólares que gasta el Estado cada año y con el enorme déficit fiscal (el más alto en los 25 años de aplicación de la regla fiscal) que nos legó Boric. Pero si estos nuevos aires ayudan al propósito de recortar gastos innecesarios y evitar contrataciones de operadores políticos, imponen a la vez una enorme responsabilidad al Gobierno de Kast: tolerancia cero a la corrupción en el Gobierno, austeridad en gastos superfluos, exigibles también a municipalidades, nada de turismo financiado con impuestos y disfrazado de capacitación. Esto requiere autocrítica y deliberación interna. El desafío es mantenerse fiel a la agenda de la gente, sin enajenar el apoyo de los políticos.

Hay un tercer factor, también ambiental, que abona a la oportunidad que tiene Kast de iniciar un nuevo círculo virtuoso. Se trata de la revaluación que han hecho los chilenos de nuestra historia reciente. Las encuestas actuales han alterado la evaluación de los chilenos de los gobiernos desde 1990 a la fecha. Una última de CADEM pone a los dos gobiernos de Sebastián Piñera como los mejores, seguidos por el de Aylwin, Lagos y Frei, dejando a Bachelet y Boric como los peores. Quizás hay en ello un acto de contrición de muchos por su tolerancia con la violencia de octubre del 2019 y el error de haber votado por Boric. El mundo, en general, vive un fenómeno parecido ante la incapacidad de la política progresista de lidiar con temas como la inmigración.

Las mesas de la Cámara y el Senado responden a estos nuevos aires, pero revelan también que la izquierda será implacable con este gobierno votando alineada por una diputada radical como Pamela Jiles para presidir la Cámara.

Si el Gobierno de José Antonio Kast es capaz de gobernar con un espíritu que refleje las nuevas exigencias de la sociedad chilena, se puede hacer realidad la hipótesis de que en nuestro país hay un nuevo clivaje en la política, que ha venido a reemplazar a aquel del plebiscito del año 1988. Ese clivaje se caracterizaría por un rechazo a las ínfulas revolucionarias y refundacionales y una revalorización de la deliberación política, del crecimiento de la economía y sobre todo del orden y la responsabilidad (individual e institucional) como virtudes cívicas. Se revalorizan también las comunidades reales-familias, barrios, mundo rural, regiones- en las que la mayoría de los chilenos se reconoce, y se deprecian las políticas orientadas excesivamente a minorías y discursos identitarios que fragmentan en lugar de unir.

Así, se configura un proyecto que ve al crecimiento económico como condición para el progreso social; un orden público que es un presupuesto de la libertad y una austeridad estatal que tiene el propósito de respetar los recursos de todos. Un Gobierno con esos logros podrá aspirar con dignidad a ser sucedido por un Presidente que se reconozca en el amplio arco de sus partidarios. Allí recién podremos hablar de la consolidación de un nuevo clivaje en la política chilena, que a su vez permitirá soñar con un nuevo ciclo virtuoso para nuestro país.

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