Los resultados electorales del domingo pasado abren una nueva etapa para Chile, que estará definida, indudablemente, por la magnitud de los desafĂos que enfrenta el paĂs. La expectativa ciudadana es alta, pero tambiĂ©n lo es la complejidad del escenario econĂłmico, social e institucional que deberá administrar el prĂłximo Gobierno.
Durante la campaña, el ahora Presidente electo puso Ă©nfasis en la necesidad de conformar un “Gobierno de emergencia”, dedicado a responder con rapidez a los problemas urgentes como la seguridad pĂşblica, la inmigraciĂłn irregular y la reactivaciĂłn econĂłmica. Esa estrategia le hizo sentido a la ciudadanĂa. Sin embargo, la lĂłgica del Gobierno de emergencia conlleva el riesgo potencial de que el gobernar sobre lo urgente termine desplazando a lo esencial.
Chile arrastra desde hace más de una dĂ©cada un problema estructural de bajo dinamismo econĂłmico. La desaceleraciĂłn persistente de la actividad y un consecuente bajo crecimiento potencial —estimado en torno al 1,6%— reflejan limitaciones profundas en productividad, inversiĂłn y desarrollo de capital humano. Salir de este estancamiento no depende de una medida en particular. No basta, por sĂ sola, la facilitaciĂłn regulatoria, ni la agilizaciĂłn de los permisos sectoriales y ambientales, ni una eventual rebaja tributaria. Cada una de estas polĂticas contribuye por sĂ sola, pero un crecimiento sostenido más alto es el resultado, de al menos, una combinaciĂłn de todas esas medidas.
El crecimiento de un año puede estar por sobre el crecimiento potencial, asà como en otros años puede estar por debajo de este. Lo relevante no es el dato puntual de un año, sino la tendencia que se observa a lo largo del tiempo. Y esa tendencia depende de las decisiones estructurales que se tomen hoy. En ese sentido, la próxima administración deberá gobernar administrando y solucionando los problemas del corto plazo, pero pensando en el largo plazo.
Pensar en el largo plazo, en este contexto, implica algo más profundo que el necesario ordenamiento de las cuentas fiscales o la mejora en los indicadores macroeconĂłmicos. Significa asumir el desafĂo de aumentar la productividad del paĂs, y ello pasa inevitablemente por polĂticas que fomenten la investigaciĂłn y desarrollo (I+D), la innovaciĂłn, el emprendimiento y la adopciĂłn tecnolĂłgica.
Ya a comienzos del siglo pasado, Joseph Schumpeter advertĂa que el crecimiento sostenido surge de procesos de innovaciĂłn que transforman la estructura productiva mediante la “destrucciĂłn creativa”. Más recientemente, autores como Phillipe Aghion —premio Nobel de EconomĂa 2025— han mostrado evidencia de que las economĂas que más logran sostener mayores tasas de crecimiento son aquellas que generan los incentivos adecuados para innovar, competir y adoptar nuevas tecnologĂas. La innovaciĂłn requiere de reglas claras, mercados abiertos, capital humano avanzado y un entorno institucional que brinde las oportunidades para que el esfuerzo, el riesgo y la creaciĂłn de valor prosperen. Chile debe avanzar en todos esos frentes debido a que presenta brechas importantes en la materia.
Sin abordar esta dimensiĂłn de largo plazo del crecimiento, Chile corre el riesgo de permanecer atrapado en una trayectoria de bajo dinamismo econĂłmico. La investigaciĂłn y desarrollo, la innovaciĂłn y la adopciĂłn tecnolĂłgica son condiciones necesarias para aumentar el crecimiento potencial y sostenerlo en el tiempo. Sus efectos no son inmediatos, por lo que exigen convicciĂłn polĂtica para llevar a cabo polĂticas que vayan más allá de la urgencia coyuntural.
La verdadera prueba para la prĂłxima administraciĂłn pasará no solo por su capacidad de enfrentar la emergencia, sino por su habilidad para crear las condiciones para que el paĂs crezca y prospere en el largo plazo.
Columna de Nicolás Durán, Investigador del Programa económico, publicada en Cooperativa.-