La batalla final. Ćltimo debate antes de la concurrencia a las urnas, Ćŗltimo intento por alterar un resultado que parece cada vez mĆ”s consolidado. A estas alturas, mĆ”s que conquistar nuevos votantes, los candidatos apostaron por reafirmar identidades. Fue un debate mĆ”s claro y revelador que los anteriores, pero tambiĆ©n profundamente estratĆ©gico: todos sabĆan que esta noche podĆa definir quiĆ©n llega āy quiĆ©n noā a la segunda vuelta. En este esquema, las posiciones se endurecieron y las diferencias ideológicas quedaron expuestas de manera nĆtida, con el encuadre Gobierno vs. Oposición como el gran eje ordenador de la contienda.
A continuación, el anÔlisis, candidato por candidato.
Jara, imperturbable. No es fĆ”cil ser la candidata del oficialismo cuando el Gobierno tiene un 65% de rechazo, pero Jeannette Jara lo hace de manera muy digna. Encarna y capitaliza el respaldo del Gobierno, pero no duda en separar aguas respecto de aspectos injustificables de la gestión gubernamental, tanto en forma como en fondo. Ejemplos: La crĆtica a Boric por no pararse a saludar a un presidente de un paĆs limĆtrofe como Javier Milei, e interpelar al Gobierno a hacer lo que debe hacer en el desalojo de la megatoma de San Antonio.
Kast, su mejor debate. Es quien mejor entiende la que parece ser la fórmula de Ć©xito en esta campaƱa: perfilarse como el gran antagonista del Gobierno. Ante las reiteradas crĆticas de Jeannette Jara a su persona, dobló la apuesta y logró redireccionarlas, una a una, hacia el rol del Gobierno en la crisis de seguridad, empleo e inmigración. No cometió errores, fue certero y mostró preparación en los temas que mĆ”s preocupan a los chilenos. Tuvo estatura presidencial, y su buena performance en este debate podrĆa haber sellado su paso a la segunda vuelta.
Kaiser, de mĆ”s a menos. Debido a su postura mĆ”s frontal y radical en seguridad y combate al crimen organizado, buena parte de las menciones e interpelaciones durante los primeros minutos del debate āy los mĆ”s importantesā se dirigieron a su candidatura. Tomó riesgos, pero en la medida que el debate confluyó en la dinĆ”mica āGobierno vs. Oposiciónā, fue Kast, y no Ć©l, quien mĆ”s lució, beneficiĆ”ndose de este encuadre.
Matthei, frontal. La abanderada de Chile Vamos fue mĆ”s atrevida que en los anteriores debates. Cuando pudo, planteó crĆticas a JosĆ© Antonio Kast: āNo me escondĆ nunca detrĆ”s de un vidrioā o āSe necesita mucho mĆ”s que un gobierno de emergenciaā. Aunque, nuevamente, surge la interrogante sobre la eficacia de friccionar la relación con Kast, considerando que cada vez que Matthei lo confrontó, no logró mejorar sus niveles de apoyo. Si Matthei hubiera salido al paso de Jara āy no de Kastā con esta energĆa desde el inicio de campaƱa, probablemente su situación en esta contienda habrĆa sido distinta. Con todo, es quien mejor maneja el recurso de apelar a la experiencia en la gestión.
Parisi, excesivamente simple. Franco Parisi tiene una gran habilidad para proponer soluciones simples a problemas complejos: plebiscitos para temas valóricos, militares a las calles, reducción del IVA a los medicamentos. Pero su gran talón de Aquiles es la credibilidad: sus propuestas parecen tan sencillas al punto de parecer falsas.
MEO, fuera de juego. Jara ocupa con tanto aplomo el espacio polĆtico de la izquierda que cada una de las intervenciones de Marco parecen desconcertantes. Golpea al Gobierno, tildĆ”ndolo de incompetente, pero al unĆsono despedaza a la derecha, apostando por un espacio polĆtico que no existe: ni gobiernista ni oposicionista. Marco es crĆtico de todo, al punto de parecer Ćŗnicamente promotor de sĆ mismo.
Harold Mayne-Nicholls, dĆ©bil. Mostró compasión cuando la audiencia demanda dureza contra el crimen organizado. Habló de una āindustria del miedoā, en circunstancias de que la ciudadanĆa declara niveles históricos de temor ante la inseguridad. Carece de contenido y densidad en sus propuestas. Su centrismo extremo deviene en insĆpido, atentando contra tiempos que exigen definiciones de fondo.
ArtĆ©s, en su propia dimensión. Fiel a su estilo, Eduardo ArtĆ©s volvió a ocupar el rol testimonial que ha tenido en todos los debates. Su discurso es una cĆ”psula ideológica intacta desde los aƱos setenta, impermeable al contexto y al lenguaje polĆtico de hoy. No interpela a los demĆ”s ni logra conectar con las preocupaciones reales del electorado. En un debate donde todos intentaron disputar una fracción real del electorado, ArtĆ©s siguió hablando en una frecuencia polĆtica que hace mucho dejó de tener receptor.
Columna de Jorge RamĆrez, Investigador del Programa PolĆtico, publicada en Ex-Ante.-