Como una verdadera analítica del lastre woke podría definirse el libro Deseo y destino (2025) del ensayista, crítico cultural y analista político norteamericano David Rieff, asiduo colaborador en medios como The New York Times, The Washington Post, Foreign Affairs y Letras Libres.
A través de una pluma provocadora y punzante, el autor analiza cómo la cultura woke ha anestesiado el desarrollo de la alta cultura en Occidente, mutilado el proyecto de transformación material de la izquierda a manos de una infantil concepción de la política como mera esfera de subjetividad radical, fragilizando a más no poder el tejido social, pero encontrando en el mercado un insospechado aliado, pues nadie segmenta ni atiende mejor a los caprichos identitarios de las audiencias ni se regocija más que los dueños del capital al ver a la izquierda alienada en un carnaval permanente del sinsentido y donde ya no importa el resultado, sino únicamente la performance.
El texto, que compila una serie de breves notas y ensayos de Rieff, se articula a través de tres vasos comunicantes principales: el impacto político, la inoculación académica y la afectación cultural de lo woke en la sociedad contemporánea.
En el ámbito político, Rieff advierte que lo woke ha convertido el lenguaje y la identidad en las nuevas fronteras de la acción pública. Lo decisivo ya no es la redistribución, sino la corrección; no el poder real, sino el relato; no el horizonte común, sino la autodefinición particular.
La izquierda, que en otro tiempo soñó con modificar las estructuras económicas, hoy se debate en una pugna de etiquetas y jerarquías morales que solo parecen beneficiar a quienes nunca estuvieron en peligro: las élites culturales que administran la conversación, y el propio capitalismo, que descubre en lo woke una fuente inagotable de consumo simbólico (basta ver cómo las grandes cadenas y compañías se han rendido a la cultura de la Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI)).
La política, bajo esta lógica, pierde voluntad de transformación real y se vuelve un terreno terapéutico, un espacio donde la prioridad es no herir sensibilidades antes que enfrentar los dilemas del poder y trazar un destino compartido.
En el plano cultural, el diagnóstico ofrecido por el ensayista no es menos inquietante. La literatura, el arte y la crítica se han vuelto tributarios de un credo celebratorio en el que la voz autobiográfica se impone como medida de autenticidad y el pasado se expurga con el celo de un nuevo puritanismo.
Clásicos como Shakespeare y Roald Dahl reescritos para depurar todo atisbo de referencia potencialmente ofensiva, festivales de arte diseñados para no incomodar, lectores convertidos en sujetos hipersensibles: todo parece conspirar contra la posibilidad de una cultura que desafíe, que desplace, que nos confronte con lo otro, que provoque e incomode. Así, lo que en apariencia era emancipación se convierte, paradójicamente, en una forma de domesticación: una cultura plana, higiénica, incapaz de abrir fisuras en el orden establecido.
En el terreno académico, el autor reseña cómo lo woke ha cercenado la libertad de cátedra y de pensamiento, desviando la investigación y docencia en ciencias sociales y humanidades de la enseñanza, la búsqueda de la verdad y la contemplación de la belleza hacia el mero adoctrinamiento. Rieff lo ilustra con una serie de ejemplos que rayan en lo inverosímil.
Tal es el caso de la publicación Marx para gatos: un bestiario radical de Leigh Claire La Berge, editado por la Universidad de Duke, donde se plantea que “los gatos, y de hecho todos los animales, han sido excluidos durante demasiado tiempo al alcance de ese abrazo amoroso y revolucionario” y se sostiene “el potencial del marxismo de convertirse en un proyecto interespecie”.
A su vez, revistas académicas como Composition Studies comienzan a imponer estándares vergonzosos, tales como desestimar escritos que solo incluyan citas de personas blancas dentro de sus referencias bibliográficas, y ni hablar de las revisiones de los textos y programas de estudio para extirpar toda referencia que pueda llegar a ser considerada traumática para la sensibilidad woke.
Así, la lectura de los escritos de Rieff alerta sobre cómo lo woke no solo ha pasado a convertirse en dogma y espectáculo, fragmentando a la sociedad, sino que también ha debilitado el nervio de la deliberación y la crítica, músculos sin los cuales ninguna democracia puede perdurar.
Quizás esa sea la advertencia más lúgubre de Deseo y destino: el progresismo —fundamentalmente de izquierda, pero también de derecha—, al dejarse seducir por una política del yo que aboga por lo terapéutico, ha renunciado a la política del nosotros, sustituyendo el todo por las partes y abandonando la búsqueda de la verdad para contentarse con una simple ficción.
Columna de Jorge Ramírez, Investigador del Programa Político, publicada en Ex-Ante.-