El cáncer de las barras bravas y el negligente rol de la política

Ex-Ante

Hay pocos temas que conciten más interés, pasión y multitudes que el fútbol. Sin embargo, llama la atención lo relegado que está en la agenda política el problema de las barras bravas y la violencia en los estadios.

Los estadios se han transformado en foros de normalización de la violencia, donde se naturaliza la barbarie y se libra una disputa territorial e identitaria entre pequeñas células —a estas alturas cancerígenas— llamadas “piños” que buscan ganar ascendiente dentro de la anárquica coordinación de las barras.

El asunto de la coordinación es central. La falsa narrativa del “barrismo social” lo asocia con la resistencia, rebeldía y una impostada cultura contestataria. Ante los intentos de captura de estos espacios por cabecillas ajenos a la izquierda y con nutrido prontuario —como el “Mono Ale” de Los de Abajo o Pancho Malo en la Garra Blanca—, tras sangrientas disputas, la balanza se inclinó en favor de facciones supuestamente “antifascistas”. Aquello terminó exacerbando el carácter desjerarquizado de las barras, con el piño como unidad básica.

¿Qué es el piño? Un piño es un grupo generalmente ligado a un barrio o población y a un perímetro específico dentro de la galería, que se integra a una frágil estructura de coordinación. Esa fragmentación se ha convertido en caldo de cultivo para la captura del crimen organizado.

El piño, como extensión “social” de estructuras narco en distintas poblaciones, funciona como brazo armado y ancla para el control territorial. En las periferias, cada piño “lotea” cuadras, pinta postes de luz y marca muros, pocas veces con referencias a glorias deportivas. En cambio, se entroniza a un pandillero, un “choro” o delincuente —generalmente muerto en “mexicanas” o disputas con otras bandas— que adquiere la categoría de mártir, siguiendo los códigos de la narcocultura.

Al erosionarse los cuerpos intermedios y otras vías de capital social, para muchos jóvenes de sectores populares la adhesión al piño de la Garra Blanca o Los de Abajo es lo único que queda.

En las periferias de la Región Metropolitana la adrenalina del partido se vive durante toda la semana: comienza con la recolección de pirotecnia, habitualmente provista por narcos —porque los fuegos artificiales con los que anuncian la llegada de drogas a la población son los mismos que detonan en la cancha el fin de semana—, sigue con las “previas” cargadas de alcohol y drogas, y continúa con el secuestro de micros y asaltos a botillerías o estaciones de servicio en el trayecto. Todo desemboca en el estadio, tras un largo tour delictual de carácter ritual.

Ya en el recinto deportivo, los piños llegan tarde, más preocupados de colgar lienzos, trapos y stickers horribles que obstaculizan la vista a los hinchas verdaderos, aquellos que pagan su entrada y buscan ver el partido de manera civilizada. Porque estos barristas realmente no son hinchas del fútbol: son hinchas de la hinchada. No dudan en sabotear a su propio club si con ello consolidan su poder, su “choreza” y su control sobre “el tablón”. Así arruinaron la celebración del centenario de Colo-Colo y acaban de poner en riesgo la campaña internacional de Universidad de Chile en la Copa Sudamericana.

Quien haya ido recientemente a un estadio sabe que estos son auténticos coliseos de incivilidad: consumo abierto de marihuana y drogas más duras, uso masivo de capuchas por parte de adolescentes para evitar ser identificados por un débil sistema de cámaras de seguridad incapaz de contenerlos, sumado a asaltos, agresiones, invasiones y avalanchas a la orden del día para así copar más espacios dentro del recinto.

Aun así, este problema parece estar fuera del radar político. En el pasado, cuando las barras estaban jerarquizadas, fueron funcionales a campañas electorales: pintaban murales, colgaban afiches, montaban y destruían palomas. Pero los tiempos cambiaron y su utilidad política se agotó, aunque parcialmente.

Durante el estallido de 2019 hubo intentos por reactivar dicha relación. Bajo una fachada de colectivismo, las barras aportaron multitudes, banderas, bombos y pirotecnia a las jornadas de protesta y movilización. Recordemos aquel impostado lienzo desplegado en Plaza Italia, alabado y retuiteado el 23 de noviembre de 2019 por el propio Gabriel Boric y otros dirigentes oficialistas: “Perdimos mucho tiempo peleando entre nosotros”, seccionado con los colores de Colo-Colo, la U y la UC. El entusiasmo llegó a tal punto que el programa de gobierno del Presidente incluyó la promoción del “barrismo social y comunitario” (página 164). Un oxímoron: el barrismo devino en antisocial y no construye comunidad, la destruye.

Con hechos tan graves como las víctimas fatales en el partido Colo-Colo vs. Fortaleza, o la masacre provocada por la barra de Independiente contra los hinchas de la U tras los desmanes provocados y vejámenes sufridos por Los de Abajo en Avellaneda, es de esperar que el Presidente —y no sólo él, sino toda la clase política— haya tomado conciencia de la real magnitud de este flagelo. Un tema que parece estar en boca de todos, pero en manos de nadie.

De lo contrario, el cáncer seguirá avanzando hasta que un día descubramos que ya no quedan estadios ni fútbol que salvar, sólo ruinas y fechorías de barras bravas celebradas en total impunidad.

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La Tercera

Juan Ignacio Gómez