Con razón, el mundo está alarmado por la guerra arancelaria que inició el Presidente Trump. Las decisiones de inversiones se han paralizado, se espera mayor inflación y que la actividad económica se desacelere. Todo esto implica menos empleos, menores salarios y menor acceso a bienes y servicios. Es decir, menor bienestar.
Es una buena noticia que en Chile haya una transversal desaprobación a esta escalada arancelaria. Sin embargo, llama la atención que este rechazo tan categórico a los impuestos a nuestras exportaciones no se extienda a otro tipo de impuestos que, en la práctica, generan las mismas consecuencias negativas.
Los impuestos distorsionan el sistema de precios que concentra, de manera simple, una asombrosa cantidad de información respecto a costos de producción y valoración de los consumidores, entre otras variables, y que permiten coordinar a miles de empresas y clientes en la satisfacción de múltiples necesidades. Esta es una de las razones por las que los impuestos son negativos: ensucian las señales que las personas reciben para tomar sus decisiones.
Los efectos económicos que generan estos impuestos son elevar el precio para contraer el consumo y desincentivar su producción. Es cierto que en algunas circunstancias los impuestos pueden tener justificación, como en el caso del cigarrillo, donde el impuesto busca evitar el daño que produce en la salud de los fumadores y quienes los rodean.
Así, si nos escandaliza el precio que podrían alcanzar los IPhones debido a la guerra arancelaria, deberíamos preocuparnos también de los efectos que tienen nuestros propios impuestos.
Si admitimos que subir artificialmente los precios disminuirá el consumo, ¿tiene sentido seguir gravando el trabajo formal, ya sea vía alzas del sueldo mínimo o cotizaciones solidarias obligatorias? Al menos deberíamos reconocer que esto reduce los incentivos a contratar trabajadores formales. ¿Alguien en La Moneda advierte que el impuesto que se pretende cobrar a los graduados de la educación superior tendrá el mismo efecto? ¿Cuánto bajarían los precios si Chile no tuviera una de las tasas de impuestos corporativos más altas del mundo?
La actual guerra arancelaria es aún más nefasta porque los impuestos que establece dependen de razones que pueden desparecer tan pronto como aparecieron: el estado de ánimo de Trump o cuán efectivo es el lobby de distintas industrias. Pero incluso eso no es tan distinto a los impuestos que acá el gobierno ha pretendido establecer a los pequeños generadores de energía renovable o las exenciones tributarias que, pese a no tener ninguna justificación, se mantienen por presiones de grupos de interés.
La guerra comercial es dañina, pero no tan diferente a impuestos que aceptamos sin mayor cuestionamiento. Hay que ver también la viga en nuestro propio ojo.
Columna de Pablo Eguiguren, Director de Políticas Públicas, publicada en La Segunda.-