Tres semanas sin clases llevan los colegios pĆŗblicos del Servicio Local de Educación (SLEP) de Magallanes. āNo es un nuevo Atacamaā, aclara el Director de Educación PĆŗblica, aludiendo a las diferentes causas que originaron una y otra paralización āpretensiones de aumentos salariales, en una, y demandas de mejoras en higiene e infraestructura, en la otra-. Y tiene razón, son casos distintos y es de esperar que el paro en Magallanes no termine prolongĆ”ndose por los mĆ”s de ochenta dĆas que duró el de Atacama. Con todo, sĆ se deben reconocer las similitudes de ambos episodios y sacar lecciones.
Primero, que en ambos casos se trata de transgresiones al derecho a la educación de miles de niños, protagonizadas por el Colegio de Profesores y sus demandas que escapan del control del director ejecutivo del servicio y que escalan al nivel central.
Y, segundo, que son conflictos que se dan en el seno de un SLEP, entes creados para administrar las escuelas traspasadas desde los municipios y que, en teorĆa, venĆan a dotar al Estado de las atribuciones para garantizar dicho derecho.
Con ello, queda de manifiesto el problema de centralizar la administración de la educación āun servicio que debiera ser declarado como esencialy que, en este caso, se ha agravado debido a dos leyes implementadas en los Ćŗltimos aƱos, la Carrera Docente y el Sistema Nacional de Educación PĆŗblica (al que pertenecen los SLEP).
En lo que dice relación con la Carrera Docente, esta se basó en un diagnóstico correcto āla necesidad de mejorar las condiciones e incentivos que enfrentan los profesores-, pero buscó solucionarlo mediante un sistema de reconocimiento y promoción rĆgido que no se adapta a las circunstancias y necesidades locales, y que deja a los directores escolares como meros espectadores, sin atribuciones para manejar los incentivos dirigidos a mejorar la enseƱanza en sus escuelas.
En lugar de resolver las trabas del Estatuto Docente, la Carrera Docente las revalidó, y, al concentrar aĆŗn mĆ”s la polĆtica docente en el nivel central, entregó al Colegio de Profesores el poder de negociar sus pretensiones directamente con el gobierno de turno, transformĆ”ndolo en el principal blanco de sus dardos.
Y en cuanto a los SLEP y el Sistema de Educación PĆŗblica, el mayor centralismo de que este adolece limita la resolución de problemas de forma oportuna a nivel local. La dilución de responsabilidades que se produce en una institucionalidad de estas caracterĆsticas era previsible, se advirtió al momento de legislar, pese a lo cual se insistió en un modelo cuyos defectos hoy lamentamos.
En suma, el paro de Magallanes evidencia, una vez mÔs, cómo el derecho a la educación de los niños y el bienestar de sus familias son afectados por reformas centralizadoras que confiaron ciegamente en la capacidad estatal y que, en los hechos, pareciera no los pone a ellos en el centro, sino que los relega a un segundo plano, por detrÔs de las disputas por fines ajenos a la educación.
Columna de MarĆa Paz Arzola, Coordinadora del Programa Social, publicada en La Tercera.-