Tercera Ley de Newton: toda acciĂłn conlleva una reacciĂłn. Donald Trump no existirĂa como fenĂłmeno polĂtico si la izquierda de carĂĄcter identitaria y woke no hubiera cobrado tanto realce durante las Ăşltimas dĂŠcadas en detrimento de un proyecto socialdemĂłcrata de mirada nacional. Tampoco hay impugnaciĂłn a las elites, sin previa desconexiĂłn de ĂŠstas frente a los dolores y angustias de la ciudadanĂa.
Mark Lilla, acadĂŠmico de la Universidad de Columbia, lo describiĂł en un pequeĂąo pero contundente libro llamado El regreso liberal. En ĂŠl se analiza, dentro de otros elementos, cĂłmo el Partido DemĂłcrata reemplazĂł a los sindicatos industriales como sus espacios caracterĂsticos de formaciĂłn y socializaciĂłn polĂtica por las universidades de ĂŠlite de las costas este y oeste del paĂs norteamericano.
AsĂ, de representar los intereses del pueblo, esta nueva izquierda abrazĂł una pretensiĂłn moralizante al imponer un lenguaje, hĂĄbitos y modos de conducta cancelatorios en las capas mĂĄs bajas de la sociedad. ÂżEl resultado? Una rebeliĂłn popular en contra de este tutelaje.
De acuerdo con un estudio publicado por la encuestadora Morning Consult, un 45% del total de electores norteamericanos tenĂa, a julio de 2023, una mala percepciĂłn del concepto woke, identificando cĂłmo las instituciones que estĂĄn llegando âdemasiado lejosâ a la hora de promover estos valores a los medios (42%), las redes sociales (39%), el Partido DemĂłcrata (38%) y las universidades (30%).
El mapa de los resultados de la elecciĂłn lo refleja con meridiana claridad: los escasos lunares teĂąidos de azul (triunfo demĂłcrata) fueron las ciudades universitarias y/o grandes centros financieros: Boston, Nueva York, Chicago, San Francisco, Washington, Atlanta, etc. Mientras el resto del paĂs parece un territorio sumergido en un rojo profundo; un rojo republicano iracundo, como el rostro de Trump.
Ciudad vs. campo, una ĂŠlite cosmopolita vs. una AmĂŠrica profunda de los derrotados por la globalizaciĂłn. Dos paĂses completamente distintos. Un mundo centrado en demandas postmateriales, que apuntan principalmente al anhelo por reconocimiento, y otro que buscĂł satisfacer demandas materiales; las mĂĄs bĂĄsicas, pero no por eso menos importantes, tales como frenar el alza en los precios de los alimentos, combatir la pandemia por el consumo de fentanilo o volver a tomar control de las fronteras ante el masivo arribo de poblaciĂłn inmigrante.
La derrota demĂłcrata no fue Ăşnicamente una debacle electoral, fue tambiĂŠn una derrota cultural. La sentencia final a la comprensiĂłn de la polĂtica como pastoreo progresista sobre un pueblo que se resiste a un falso âdespertarâ woke.
Lo verdaderamente alarmante, es que, encandilados por sus propias teorĂas, el movimiento woke, urdiĂł una insultante telaraĂąa de etiquetas y prejuicios que impide ver a su contraparte como algo mĂĄs que una mera âamenaza para la democraciaâ.
Estos 74 millones de votos por Trump no son solo un respaldo; fueron una democrĂĄtica declaraciĂłn de resistencia contra un proyecto que, en su intento de âiluminarâ, dejĂł a muchos, en esa AmĂŠrica profunda, en la sombra de la exclusiĂłn. QuizĂĄs las verdaderas vĂctimas del sistema no eran las minorĂas que anclan su sentido de pertenencia a un color de piel, una etnia o la adscripciĂłn a un grupo âhistĂłricamente rezagadoâ, sino las grandes mayorĂas silenciadas e invisibles a los ojos del mainstream o corriente dominante.
Columna de Jorge RamĂrez, cientista polĂtico, publicada en Exante.