NicolĆ”s Cataldo, el flamante nuevo ministro de Educación y primer titular de esta cartera del Partido Comunista, hizo frente durante esta semana a las incipientes evasiones de estudiantes secundarios que obligaron al cierre de mĆŗltiples estaciones de la red de Metro. Cataldo, al referirse a los sucesos, declaró que āhoy los caminos para abordar esas problemĆ”ticas son otrosā, contrastando la situación con la de octubre de 2019.
Las declaraciones de Cataldo parecen dignas de analizar. No se trata de una mera inconsistencia temporal, se trata de un tema mÔs profundo, del sinceramiento de la relación instrumental del Partido Comunista y un sector de la izquierda con la violencia.
Cuando la violencia es funcional a los fines del comunista, se valida. Cuando deja de ser útil, porque ya posibilitó el ascenso al poder, se repudia. Cataldo, en la actualidad, no vela por el orden público ni por el derecho al libre trÔnsito por convicción. Lo hace por mera conveniencia. Para el Ejecutivo, las evasiones masivas no son malas per se, sólo son malas cuando amenazan sus cómodas posiciones de poder. Pero la culpa no es de Cataldo, él sólo desempeña un rol. La relación incestuosa e hipócrita entre los comunistas y la violencia es de larga data, casi tan antigua como el propio comunismo.
En la conocida batalla de la isla de Kronstadt en 1921, Lenin y Trotsky liquidaron a todas las corrientes anarcosindicalistas insurrectas que habĆan sido fundamentales en el despliegue de la revolución en 1917, pero que, poco a poco, terminaron siendo crĆticas de la dirección conducida por el aparato estatal soviĆ©tico.
Un baƱo de sangre y la mĆ”s cruenta de las represiones, dirigida desde Petrogrado, llevó a que esta vez las balas corrieran entre otrora compaƱeros deĀ soviets. Los marinos de Kronstadt fueron eliminados por mandato de los mismos lĆderes que ellos ayudaron a catapultar en el poder. El control del Estado hizo que la solidaridad de clases, derivara en fratricidio y evidenció que quienes habĆan sido motivo de orgullo revolucionario, pasaran de un momento a otro, a ser sindicados como enemigos de la revolución.
En Kronstadt, la revolución habĆa comenzado a devorar a sus propios hijos. Y como bien se narra en la novela históricaĀ El hombre que amaba a los perrosĀ de Leonardo Padura,Ā la teorĆa marxista nunca consideró la coyuntura de que los comunistas, una vez en el poder, pudieran perder el apoyo de los trabajadores.
Algo parecido aconteció esta semana en Chile, guardando las proporciones. Los mismos actores que celebraron las evasiones masivas de estudiantes secundarios con esos recordados tuits de āgracias totalesĀ cabr@s!āĀ son quienes declaran que hoy esa no es la forma.
Junto con el ascenso a su rol de Ministro de Estado, Cataldo experimentó su propia metamorfosis. Por momentos, escuchar a Cataldo durante estos dĆas pareció evocar a las vocerĆas de los ministros de PiƱera en pleno estallido de 2019. Cataldo pasó de ser un agitador social que insultaba Carabineros enĀ TwitterĀ a enfatizar la importancia de no afectar a los ciudadanos pacĆficos que usan la red de metro, haciendo un ferviente llamado a cuidar nuestra āinfraestructura crĆticaā.
Si, misma infraestructura crĆtica que el anterior Gobierno buscó proteger a travĆ©s de un proyecto de ley presentado con posterioridad al 18 de octubre de 2019 y que el actual Presidente Boric, junto a su vocera de Gobierno Camila Vallejo -de quien NicolĆ”s Cataldo era Jefe de Gabinete-, rechazaron cuando eran parlamentarios.
Entonces, el libreto empleado por Cataldo se ajusta la mÔxima de evitar a toda costa que, una vez mÔs en la historia, sean los hijos de la revolución quienes devoren a sus progenitores, pero lo que el titular comunista se niega a ver es que la fagocitación inversa que él propone, es decir, aplastar a los hijos de la revolución, conducirÔ inevitablemente al mismo fracaso. Lo de Cataldo y el Partido Comunista, una vez mÔs, es pura impostura.
Como seƱalara el Premio Nobel de Literatura y vĆctima del comunismo Aleksandr Solzhenitsyn: ācualquier hombre que haya proclamado la violencia como su mĆ©todo estĆ” inevitablemente obligado a tomar la mentira como su principioā.
Columna de Jorge RamĆrez, Investigador, publicada en Ex-Ante.-Ā