Propaganda oficial

Por estos días se celebra la gira internacional del Presidente, aunque ésta termina menos festejada que como inició. La semana pasada, se alababa la singular cadena nacional en la que, en horario prime, el mandatario reiteraba lo que unas horas antes había señalado en su cuenta a la Nación, y lo hacía con una cuidada selección de objetos: un tazón con la imagen de su mascota Brownie, un cuadro de Gabriela Mistral de trasfondo y libros, como el de Pairicán, que aboga por un modelo de Estado plurinacional que reconozca la autonomía de los pueblos indígenas. Entre la elogiada salida al bar en Canadá, el tazón y los libros, el gobierno despliega un relato propagandístico que pone énfasis en los símbolos. Por pequeños y anecdóticos que éstos sean, ayudarían a mantener el foco de la opinión pública fuera de los problemas reales que aquejan a los chilenos y que se reiteran en todas las encuestas. La insistencia en la simbología nos haría olvidar la desolación que causa la violencia y el terrorismo, y el desamparo que trae consigo la alta inflación. Símbolos y relatos son necesarios en política, y es bueno recordarlo, pero no solo de ellos vive el hombre (y la mujer, para que no me acusen de faltar a la perspectiva de género).

La falta de gestión y de acciones concretas y efectivas para abordar las necesidades ciudadanas se compensan entonces con sobreabundantes anécdotas y elocuencia. Y en ese contexto, la propaganda se extiende a la cuestión constitucional. Para hacerla efectiva, el gobierno recurre a técnicas conocidas: simplifica al máximo problemas complejos, presenta la alternativa que le resulta inconveniente como una que desemboca en la incertidumbre y, últimamente, busca a un enemigo a quien culpar. Ha sido el propio Presidente esta semana quien ha señalado que quienes voten rechazo serían indiferentes, cuando no, enemigos de las agendas sociales. Así las cosas, resulta que buena parte de la sociedad civil, académicos, agricultores, emprendedores, educadores y parte de la centro izquierda y la derecha, serían obstaculizadores de las grandes e históricas transformaciones. Pareciera entonces que esos chilenos le molestan y le sobran al gobierno, en circunstancias que el Presidente ha de serlo de todos. Ello incluye a quienes quieren cambios, pero no cualquiera y menos uno que, de la mano de un proyecto constitucional refundacional, compromete severamente las bases de la democracia representativa, el progreso y, por ende, la tan anhelada promesa de más y mejores derechos sociales.

El gobierno necesita encontrar a quien endilgar su ineficacia y la de la Convención. Pero esta vez, y a diferencia de la cuidada puesta en escena que se desplegaba hasta el miércoles, no elige bien el blanco y apunta a muchos, de distintos sectores y orígenes, que serían desleales por no adherir a la Constitución partisana del Frente Amplio y del Partido Comunista. La propuesta de los senadores Rincón, Walker y Araya le cae, así, como balde de agua fría y todo indica que no hubo tiempo para edulcorar con Brownie el duro mensaje que desde el extranjero envió a buena parte de los chilenos.

Si el gobierno no puede llevar a cabo las transformaciones históricas que prometió, pues éstas solo serían posibles, como implican, de la mano de la propuesta constitucional (que está lejos de la casa de todos que se supone sería), no es culpa de aquella diversidad de chilenos a quienes no les hace sentido el proyecto de Constitución. Por defender una Constitución partisana, el Presidente se salió del cuidado libreto.

Y sobre cuestiones fuera de libreto, vamos a la inflación y a la inseguridad pública. En estos temas la propaganda es más compleja, pues la realidad supera con creces la ficción. Además, la población sabe que quienes hoy gobiernan tienen una importante cuota de responsabilidad en estos problemas. Promovieron sin pudor los retiros de los fondos de pensiones (con cuidadas puestas en escena, interrumpiendo la campaña presidencial para ir a votar haciendo un live desde la carretera) y dieron las gracias (“gracias totales cabros”) cuando el 18 de octubre de 2019 se asaltaba el Metro de Santiago, fenómeno que derivó en el violento descontrol que vino después. Hoy ofrecen sentidas palabras de condena a la violencia y una reforma tributaria “para palear la desigualdad”, en circunstancias que ésta sólo vendrá a agravarla, al potenciar los problemas de bajo crecimiento y la falta de empleo. Mucho símbolo, en un contexto en que la ciudadanía espera mucho más, termina resultando en un conjunto vacío.

Columna de Natalia González, Directora del Área Constitucional, publicada en El Mercurio.-