ADIÓS, PRESIDENTE. MUCHAS GRACIAS

Un amigo inglés me preguntó: '¿En qué momento el pueblo chileno desarrolló este instinto sádico que lo lleva a esa crítica permanente, inmisericorde y a veces cruel contra el Presidente Piñera?'. Pues bien, no soy sádica ni masoquista y hoy, al decir adiós a su gobierno, tengo muchas razones para decirle gracias. Primero, porque es el único Presidente en mi vida electoral que ha sido capaz de ganar un gobierno más afín a mi pensamiento y con ello ha demostrado que es posible la alternancia en el poder y que un gobernante de derecha, por principio, no puede ser forzado a renunciar al mandato para el cual fue elegido, a pesar de las presiones que reciba para ello.

La historia reconocerá que durante estos cuatro años el Presidente Piñera ha debido enfrentar no solo graves problemas objetivos que superan la voluntad humana, sino también el deterioro de la política, el debilitamiento de la cultura democrática, la banalización de los asuntos públicos y el surgimiento avasallador de fuerzas antisistémicas violentas y poderosas. Para todo ello ha contado con su propia resiliencia a toda prueba y la lealtad de pocos.

Más allá de la oposición implacable y de sus intentos incluso de destituir al jefe de Estado, más grave fue la deserción de su sector, muchos de los cuales han tenido como norte de su quehacer la demolición de la imagen y obra del Presidente.

Este malestar de la derecha con su Presidente refleja algunas de sus características: su incapacidad para entender que la política es deliberación, negociación y transacción y no la imposición dogmática de las ideas propias; una profunda incomprensión de la gravedad de la crisis de octubre de 2019, de la complejidad de sus causas, de las limitaciones en los medios existentes para enfrentarla y de los instrumentos disponibles en una democracia —a diferencia de una dictadura— para hacer frente a este tipo de insurrección.

Una parte de la derecha ha hecho suya una verdadera caricatura en la cual el Presidente de la República 'vendió' la Constitución para salvarse a sí mismo y entregó el Estado de Derecho por falta de voluntad. Sin embargo, la verdad es que la extensión, la profundidad e intensidad de la violencia de la insurrección de octubre crearon una situación en que la única opción civilizada era buscar vías pacíficas para encontrar una salida institucional. La otra alternativa era usar la fuerza militar (en el supuesto incierto de que hubiera estado disponible), con la posible consecuencia de múltiples muertes o eventualmente una guerra civil: razón de más para hacer todo lo posible por evitar ese camino. Yo pregunto a quienes tienen como prioridad la economía: ¿cuál habría sido la reacción de la comunidad internacional frente a todo eso?, ¿cuánto habrían durado nuestros tratados de libre comercio y con qué consecuencias?

Talleyrand dijo una vez a Napoleón: 'Señor, con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse en ellas'. O sea, con las bayonetas se pueden conquistar imperios, pero estos no se pueden mantener por las armas.

¿Regaló el Presidente la Constitución? Pues bien, ahora sabemos que cerca del 80% de la población estaba a favor de una nueva Constitución; que vivimos en un país en que 60% de la población joven justificaba el uso de la violencia; que en el día de mayor ensañamiento, el 12 de noviembre, cuando el Presidente debía tomar la decisión más importante de su gobierno, y a lo mejor de su vida, la totalidad de los congresistas de oposición, o sea, la mayoría de los representantes de la soberanía popular, habían emitido una declaración exigiendo una Asamblea Constituyente, porque 'la calle había corrido el cerco de lo posible' y estábamos ya en un 'proceso constituyente de facto'.

Gracias, Presidente, por mucho. Pero sobre todo por haber resguardado, contra viento y marea, la institucionalidad.

 

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera Emérita de Libertad y Desarrollo, en El Mercurio.-