“La historia es un cementerio de aristocracias”

Aquello escribió Vilfredo Pareto, quien fuera el primero en aplicar al análisis sociológico el concepto de 'élites', entendidas como aquel grupo de personas que ejercen poder sobre otros en diversos ámbitos. Entre otros aspectos, se refirió al fenómeno inevitable del reemplazo de los grupos dominantes de una sociedad de acuerdo a las evoluciones históricas, de las ideas y de la cultura, de las condiciones materiales de vida, de las cambiantes estructuras de producción y de las formas de relación entre los ciudadanos. El tránsito puede ser súbito y dramático o bien una evolución gradual, dependiendo de la flexibilidad de la sociedad para permitir los recambios en las jerarquías. Esta 'circulación de las élites' es precisamente lo que ha sucedido con la irrupción avasalladora de una nueva élite de políticos de izquierda, los cuales, tal vez por primera vez en la historia de la movilidad social chilena, lejos de acatar los símbolos establecidos y ser asimilados al establishment existente, surgen como una fuerza transgresora, con nuevos códigos éticos y estéticos, los cuales son en parte expresión de fenómenos mundiales, pero están también vinculados a los cambios sociales producidos en Chile en las últimas décadas.

Las élites constituyen el núcleo más duro de una sociedad, y se resisten a ser desplazadas. Por definición representan el grupo más exclusivo, impenetrable y permanente. Ello, porque las familias generan mecanismos para prevenir la movilidad social descendente de sus miembros y tienen capacidad para lograr sus objetivos. Eso conduce a sistemas poco competitivos y mediocres y excluye a muchos, cuyos talentos los hacen acreedores legítimos a ocupar las distintas esferas de poder político, económico y social.

A pesar de ello, Chile experimentó un cambio muy significativo en su estructura social, como resultado de la modernización capitalista acelerada, de la introducción del mercado como asignador de los recursos y de las recompensas, y en virtud del crecimiento económico alto y sostenido. Ello produjo una transformación de las élites, desde unas propias de una sociedad tradicional, generadas principalmente por el lugar de origen, hacia otras, más amplias, más diversas y más ligadas a los logros, especialmente en la creación de riqueza, que a las posiciones heredadas; y en segundo lugar, y más importante, permitió la transición de vastos grupos de chilenos desde una situación de pobreza y marginalidad hacia una nueva clase media emergente, con características distintas a las que inspiraron a los sectores medios en el orden tradicional anterior. Una de las consecuencias de lo anterior fue la irrupción masiva de jóvenes, representantes de la primera generación universitaria de sus familias, con legítimas expectativas y aspiraciones y mucha más conciencia de sus derechos que sus padres. Esto, naturalmente, crea una asimetría de poder con generaciones anteriores que tuvieron pocos años de escolaridad y explica, al menos parcialmente, el imperio de los jóvenes sobre los mayores.

Las transformaciones, sin embargo, tuvieron varias debilidades. En primer término, se trata de un fenómeno de movilidad social incompleto y trunco, pues para ser permanente y estable debió ser acompañado por una revolución en la calidad de la educación pública; de un crecimiento económico continuo, sin el cual la movilidad pierde dinamismo y las sociedades se reoligarquizan; y, finalmente, exigía una adaptación cultural más coherente con las formas de relación propias de la modernidad, que son muy distantes de las lógicas patronales, pues se basan en una verdadera igualdad ante la ley, en un respeto por la dignidad de todos, sin privilegios indebidos y con recompensas que no sean el producto de subterfugios, sino de una competencia justa.

 

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera, publicada en El Mercurio.-